Comandante

Poder y delirio

2013/10/18

Por Mauricio Sáenz

En un discurso en el 2011, Hugo Chávez dijo que el capitalismo podría haber destruido la vida en Marte. Algunos altos funcionarios en la audiencia se rieron nerviosamente, pero al darse cuenta de que el presidente permanecía impasible, un sudor frío les corrió por la espalda. Sabían que escudriñaba después los videos para detectar el menor gesto de los espectadores y que cualquier cosa les podía ocurrir.

Por eso, no es de extrañarse que más de ciento ochenta ministros pasaran por el gabinete en sus años de gobierno. Permanecían poco, pero no porque la exigencia fuera alta, sino porque llegar a un cargo de ese nivel era estar siempre en la cuerda floja. En realidad, de los ministros no se esperaba iniciativa alguna, sino la habilidad de interpretar bien y a tiempo las señales del comandante, vocero único de la revolución bolivariana. Con el agravante de que a veces, como en el tema del capitalismo marciano, las señales no eran tan obvias.

El periodista irlandés Rory Carroll construye su libro Comandante. La Venezuela de Hugo Chávez con anécdotas de ese estilo, basadas en su experiencia directa y en numerosas charlas con venezolanos de todos los estratos, incluida una curiosa entrevista con el propio presidente. Corresponsal en Caracas de The Guardian entre el 2006 y el 2012, Carroll trata de desentrañar a ese personaje al que sus conciudadanos describen de mil maneras, siempre contradictorias: héroe o villano, dictador decimonónico o heraldo del siglo XXI, padre amoroso de un pueblo redimido o tirano déspota y brutal, visionario o payaso. Ese hombre que gobernó a Venezuela durante trece años se ajusta a todas ellas, y el país, para bien o para mal, nunca será el mismo.

Carroll ofrece la perspectiva de un corresponsal extranjero en una nación en la que ya es imposible encontrar una visión objetiva. Tal vez por eso, porque no nos queda el recurso de pensar que es una mirada parcializada, el panorama resultante es aterrador. Las crónicas no contienen revelaciones sensacionales, pero en su conjunto tienen el efecto de mostrar en toda su dimensión el efecto sobre el país de ese populismo caudillista de la más pura estirpe tradicional latinoamericana.

 

Tres ejemplos, entre pintorescos y siniestros, de ese viaje al pasado. Uno: la obsesión por el color rojo, que recuerda al argentino Rosas, un hombre de la primera mitad del siglo XIX. Carroll nos cuenta que la boliburguesía, esa clase oportunista que se lucró con el régimen, usaba ese color hasta en sus ocasiones más elegantes: no importaba el costo o el tipo de tela, siempre que fuera roja. Un día, ante el horror de muchos, Chávez apareció de amarillo. “Demasiado rojo”, se le oyó decir. Durante un par de semanas cundió el desconcierto, hasta que el comandante volvió a adoptar su color habitual. Los áulicos suspiraron aliviados.

Dos: la fiereza a la hora de enfrentar la disidencia, siempre considerada traición, y el uso de intrigas y espionaje para desacreditar a los caídos en desgracia. La historia del general Raúl Baduel ilustra el ejemplo. Tras ser su mano derecha por muchos años, se había atrevido a rechazar las banderas socialistas. Chávez primero hizo publicar unas fotos comprometedoras y, tras destruirlo moralmente, lo hizo encarcelar. Para hacerlo no tenía que hacer mucho esfuerzo porque, y este es el tercer ejemplo, los jueces del régimen no tenían inconveniente en gritar en público consignas chavistas.

Se trata apenas de tres detalles de muchos más con los que Carroll sustenta, tal vez sin quererlo, un veredicto preocupante: Chávez ya no está, pero tras trece años bajo su égida, y con su heredero designado empeñado en emularlo, la democracia venezolana podría estar más allá de cualquier posibilidad de recuperación.

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