Historia del dinero de Alan Pauls.

Poderoso caballero

2013/08/16

Por Álvaro Robledo

Historia del dinero es la última entrega de la trilogía de novelas que Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) comenzara con la Historia del llanto y la Historia del pelo sobre la realidad de las últimas, deshechas, décadas en la Argentina.

Alan Pauls ha sido profesor, guionista y crítico de cine. Esta novela, escrita a modo de plano secuencia, sin capítulos y casi sin puntos, sin cortes, nos recuerda lejanamente esa otra trilogía de novelas de Samuel Beckett, no solo en lo formal: nos muestra esa visión enferma y sórdida de la condición humana, nos recuerda nuestra pequeñez, nuestros miedos y apegos, y por tanto nuestro temor a la pérdida, núcleo que une estas tres novelas con narraciones independientes.

La historia comienza en Argentina en 1966 con un muchacho de catorce años que observa su primer muerto: su padrastro. Un hombre que muere ahogado en un río en el que flota durante tres días, hinchado, el attaché a reventar de dólares por el que todo el mundo se pregunta, perdido para siempre. El único recuerdo nítido que tiene de este hombre con quien ha convivido en Mar del Plata junto a su madre y una corte de tiastros, primastros y abuelastros que odia y que se sienten superiores a él así tengan la misma edad, es el de “el sonido que hace con la boca cuando mastica esos putos crostines”, alimento que traga sin pausas y que aumenta el odio que siente por él. No se acerca al féretro por miedo a encontrarle alguna miga de pan pegada a la comisura de los labios. Solo recuerda el asco que le ha producido durante años su manera de vestir (sus anteojos de sol, sus pulóveres de hilo claros anudados al cuello, sus mocasines de hebilla), sus lujos, sus carros, su manera asquerosa de comer, su tedioso hablar constante sobre temas de dinero.

El muchacho solo espera el momento en que su padre, “un ludópata de casino”, como lo llama su madre, lo recoja y lo lleve con él a Villa Gesell durante el verano. Estando con su padre es feliz aunque nunca termina de explicarse por qué su padre puede llamar “amigo” a alguien que le debe dinero. Finalmente el padre muere en un hospital, con setenta y dos años, sin entender cuál ha sido su relación con el mundo ni con el dinero: solo se ha dedicado a despilfarrar su vida y a entender su particular cercanía con los números que van y vienen, esa monedita de oro que corre calle abajo, que todos perseguimos y que algunos llaman fortuna.

La historia continúa haciendo una disección pormenorizada de la sociedad en la que vivimos, una marcada por el dinero, la ambición y el miedo, donde todo cambia: las fortunas pasan de una mano a otra, o son dilapidadas o aumentadas. Lo único que no cambia es el dinero, esta es una de sus leyes “secretas, milagrosas. Todo lo demás sí”.

El muchacho crece y se convierte en un hombre que siente que sólo ha nacido para pagar deudas, ajenas y propias, sobre todo ajenas. Tal es el caso con las deudas de su madre, una mujer que de joven fue muy joven y muy bella y reina, quien en su vejez, ya pobre, solo sueña con que le llueva dinero del cielo. Siempre fue despilfarradora, arrogante y de vieja solo guarda la tacañería y la desconfianza. “El dinero, por definición, es lo que nunca es suficiente”, le dice a su hijo en una de las absurdas llamadas telefónicas que le hace desde las dos hasta las cinco de la mañana, todos los días, insomne que piensa que nadie más duerme.

Es una novela dura, muy bien escrita, que deja el regusto amargo de reconocer cuán medianos somos, cómo nuestras prioridades son en su mayoría erradas, sumergidos en una sociedad que nos ahoga con sus demandas pero que (como lo muestran las últimas, brillantes páginas), tiene una luz oculta que es la que nos hace una especie capaz de la máxima locura y de la máxima capacidad para la belleza que redime.

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