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Poemas insulsos

Santiago Espinosa reseña el primer poemario de la española Nuria Amat, Poemas impuros

2010/03/15

Por Santiago Espinosa

José Asunción Silva, en su poema Ars, nos propone acerca de la poesía: “El verso es vaso santo; poned en él tan solo/ Un pensamiento puro”. Lo que nos quiere decir Silva, o así lo interpreto yo, es que el poema debe tener una forma, y que todo aquello que se vierta dentro de esa forma, bueno o malo, justo o injusto, debe ser una verdad necesaria; que había que decir para no intoxicarse, pero que ya ha pasado previamente por un proceso de depuración, de esa sana reflexión que la aleja de cualquier tontería.

Poemas impuros, primer poemario de la española de Nuria Amat, novelista, dramaturga, hace todo lo contrario. Y quizás a esto se deba el título de “impuro”: versos que se desparraman sin ningún cuidado, como si la poetisa se sintiera incómoda con el lenguaje poético. El vaso santo —¿hay vaso?—, llenado a punta de cualquier ocurrencia que se pueda partir en versos para no decir que de sandeces y lugares comunes. Desgreño, estética de lo cursi, una ausencia de temas casi absoluta, y ya el libro es, de por sí, demasiado largo.

Muestro un catálogo de sus impurezas, y ya el lector juzgará por su propia cuenta. ?“Han puesto un loro,/ que repite sonetos/ de amor a los vecinos./ Te quiero, grita como un loco/, al otro lado de la valla./ Lo que en argot de pájaro/ significa:/ hoy también te odio”. ¿Puede alguien imaginarse algo más ridículo que un loro diciendo sonetos en la ventana: “yo te quiero-te quiero-yo te quiero”?

Miremos este cierre para un poema de amor: “Mi bandera es tu ansia, mi patria tus espinas”. Yo me pregunto, quizá soy ignorante ¿Es su amado un puercoespín?

Muestro otro más, que es conmovedor: “el fuego fálico de estos versos que me inspiran”, o este otro que no puedo dejar de citar completo: “Hablas, como si Dios/ no supiera/ que guardas un diente de oro/ en la punta de la lengua/ y en el centro de tu verga un dietario (¿?)”. Sin comentarios.

Con imprecisiones graves como la de afirmar que Rimbaud y Rilke son poetas suicidas. Con actos imperdonables para todo aquel que ame la poesía como robarle versos a San Juan de la Cruz y, lo que es peor, ponerlos al lado de los suyos sin siquiera citarlos.

Para el que piense que la poesía es cualquier cosa que tenga versos y que empiece con un signo de interrogación para darle algo de música a lo que no la tiene. Para el lector que crea que un verso es poético porque es confuso (“oyes sirenas en sílabas flemáticas”) o porque es pomposo y rebuscado (“Con puntualidad de mujer augusta/ saludo la embestida del sol desnudo”) encontrará en este libro un excelente alimento.

Podríamos juzgar a Amat por su tratamiento del amor, por sus clichés. Pero creo que el problema es mucho mayor. Las pocas intuiciones que pudo tener se ven ocultadas por su arrogancia y su efectismo. Versos como “Lo que toco/ se deshace/ lo que amo/ se estropea” bien pueden servirle a Amat como poética.

Que se escriba lo que se quiera, y si no hay papel que se haga en los muros o en las mesas. Pero que una editorial con historia, que empezó su nueva colección de poesía con Casa de Luciérnagas, una de las mejores antologías de los últimos 20 años y que aquí reseñé; que Bruguera, una editorial con difusión hispanoamericana, abra sus puertas a este libro, tiene como único resultado el arruinar su colección de poesía y poner en entredicho todos sus criterios. Habría que recordarles su papel de mediadores. Que para estos casos, si lo que importa es la poesía y no alguna otra cosa, el mejor editor siempre será el fuego.

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