BUSCAR:

Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu y James A. Robinson

Portada y datos de 'Por qué fracasan los países'.

Crítica libros

¡Es la política, estúpido!

Por: Mauricio Sáenz

Publicado el: 2012-11-28

William Shakespeare no escogió por casualidad a Venecia como escenario de sus obras. La ciudad-república había sido por siglos el lugar más próspero de Europa.  Pero cuando el bardo de Avon soñaba a sus personajes, ya los propios venecianos habían puesto las bases de su decadencia.

Venecia proporciona a Daron Acemoglu y James A. Robinson, autores de Por qué fracasan los países, uno de los ejemplos más interesantes para ilustrar su tesis central: que la prosperidad de las naciones no depende de su geografía o de su cultura, sino de que existan una autoridad centralizada e instituciones políticas y económicas ‘incluyentes’ y no ‘extractivas’.  Por las primeras entienden el imperio de leyes y prácticas que permiten que la gente sienta que trabajar duro garantiza su progreso y el de su sociedad. Por las segundas, aquellas diseñadas por una élite para acaparar la riqueza y perpetuar su poder a costa del resto de la sociedad. Sostienen que solo instituciones incluyentes y un gobierno central permiten a los innovadores confiar en que su éxito no se estrellará con el desorden o con la avaricia y el inmovilismo de los poderosos.  

Los venecianos progresaron desde su independencia en el 810 no solo por su localización sino por su organización republicana y por sistemas contractuales como la Commenda. En esta un socio ‘sedentario’ financiaba el negocio y permanecía en Venecia, mientras otro, el ‘viajero’, generalmente joven y sin recursos, acompañaba la carga.  La movilidad social que generó esa institución multiplicó la prosperidad, pero dio lugar a nuevas fuerzas sociales que pusieron en peligro a las élites.  A comienzos del siglo XIII el aristocrático Consejo Ducal, en defensa de sus privilegios,  comenzó a restringir el acceso a los negocios a quienes no formaran parte de las familias más antiguas, en lo que se llamó la Serrata. Con su nuevo modelo ‘extractivo’, los negocios a larga distancia quedaron en manos de la élite, y después del Estado. Y en un par de siglos más, como dicen los autores, “Venecia pasó de ser motor económico a museo”.

Ese es apenas uno de los múltiples escenarios examinados por Acemoglu, profesor de Economía de MIT y Robinson, de Ciencia Política en Harvard.  Aunque su recorrido va mucho más allá,  con ejemplos desde la Roma republicana hasta las instituciones mayas, su preocupación central está en explicar los últimos doscientos cincuenta años, en los cuales las diferencias de riqueza entre las naciones han llegado al extremo.

Esa enorme divergencia comienza con la Revolución Industrial surgida en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII, un evento indirecta pero íntimamente relacionado con la colonización de América. Los ingleses llegaron tarde, por lo que tuvieron que ‘conformarse’ con el norte, donde no había oro ni grandes poblaciones indígenas para explotar, y su Corona, a diferencia de España, dejó la empresa en manos de los emprendedores privados. Así que mientras las riquezas extraídas por los españoles en el sur solo engordaron las arcas de la monarquía, las obtenidas en el norte crearon una nueva élite mercantil en Inglaterra. Una nueva clase que pudo contrarrestar a la aristocracia tradicional y establecer el pluralismo y las instituciones incluyentes necesarias para que surgiera la Revolución Industrial.

Lo que es peor, dicen los autores, España legó en su área de influencia un orden extractivo replicado por las élites que lideraron la independencia, una situación que explicaría el atraso relativo de América Latina, en general, y de Colombia, en particular. Porque los autores no dejan de registrar el caso de este país, que a pesar del barniz democrático tiene unas élites egoístas, un gobierno cuyo poder no abarca el territorio y unas instituciones oficiales y extraoficiales eminentemente extractivas. O sea, un país dominado por la peor receta imaginable.