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Postguerra. Una historia de Europa desde 1945

Rafael Osío Cabrices reseña Postguerra. Una historia de Europa desde 1945 de Tony Judt Taurus, 2006 1212 páginas

2010/07/02

Por Rafael Osío Cabrices

Postguerra: una historia de Europa desde 1945 es un libro que tiene “buen lejos”. Nada más verlo en el mesón de una librería hace salivar a los lectores con buen apetito. Su título apela al hipotálamo de quien ha pasado media vida preguntándose cómo es posible que a los europeos les haya ido tan bien después de haber sufrido lo que sufrieron, esa epopeya de destrucción y reconstrucción que a muchos latinoamericanos nos obsesiona. Las estupendas fotos de su cubierta prometen que ese largo millar de páginas contiene riqueza, exuberancia, disfrute.

Empieza con una detallada descripción de la devastación causada por la Segunda Guerra Mundial y sigue con el increíble cuento de cómo las dos Europas, la occidental y la oriental, siguieron viviendo. Y termina con la delicada encrucijada del presente, con su estado de bienestar en crisis, las fábricas chinas robando empleos, las playas rebosantes de inmigrantes ilegales y esos inquietantes déjà vu que representan el regreso de la amenaza islámica, como en los tiempos de Solimán el Magnífico, y de la competencia entre Rusia y Estados Unidos, como en los de la Guerra Fría.

Su autor, Tony Judt, un historiador inglés y catedrático de primer nivel, tiene el suficiente sentido del humor como para citar al filósofo del béisbol Yogi Berra, y el rigor para congregar ante sus lectores datos asombrosos, como por ejemplo que a Rusia le tomó una generación compensar el hecho de que la guerra la había dejado con 20 millones más de mujeres que de hombres. Judt habla con franqueza: explica que la relativa paz política de la postguerra ocurrió en parte debido a que las limpiezas étnicas de Hitler y Stalin habían hecho a Europa más homogénea, y a que los electores de las naciones occidentales habían entendido que era mejor defender una normalidad poco sexy, más bien conservadora, dirigida por ancianos como Konrad Adenauer, que volver a los rabiosos sueños extremistas que los llevaron al Apocalipsis. Tuvieron que aprender a entenderse, a ponerse de acuerdo, para lo cual fue preciso pasar por una fase veloz y desordenada de ajuste de cuentas, luego desarrollar un centro político que renunciaba a los ardores ideológicos, y poco después, en el contexto del Programa de Recuperación Europea de 13 millardos de dólares que se conoce como Plan Marshall, aprender de los gringos cómo se hacen negocios sin caerse a balazos.

Pero el milagro europeo fue no solo trabajo duro e inventiva, sino también el producto de haber enterrado parte del horror. No fueron pocos los nazis que fueron reclutados por Estados Unidos para detener el comunismo ni los que se hicieron comunistas para proteger la Cortina de Hierro. Los sofisticados europeos, que precipitaron sobre su suelo horrores comparables a los de sus aventuras coloniales, resurgieron de sus cenizas, es cierto, pero con una mancha en el espíritu colectivo que no ha dejado de latir. Y en eso, no son tan distintos de nosotros.

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