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Primero fue el verbo y luego Pandora

Julio Caycedo reseña La puta de Babilonia de Fernando Vallejo

2010/03/15

Por Julio Caycedo

Detrás de una portada con el trazo de la pintura Finis gloriae mundi (1672), del pintor español Juan de Valdés Leal, la editorial Planeta nos presenta la última estocada del escritor mexicano (Medellín, 1942) Fernando Vallejo. En esta ocasión su víctima es la Iglesia de Cristo, La puta de Babilonia, con quien Vallejo tiene cuentas pendientes desde la infancia, es su blanco.

El ajuste de cuentas, como podrán suponer los lectores de Vallejo, es desbordante y rítmico. Y, si se quiere, también obvio o atrevido: escandaloso. Eso dependerá del lector. Es un bien condimentado currículo compilado y lanzado por el mexicano a la colombiana, como una bomba, para dejar a la Iglesia de Roma en pelotas y sonrojada, y a sus fieles cuestionados, seguramente, pero con la fe intacta. Eso es lo más sorprendente de esta publicación y de aquello que sabe decir sobre el ser humano. Vallejo pone en evidencia uno de los más pintorescos rincones de la naturaleza del hombre: nuestra realidad limita borrosamente con la fantasía, aquel lugar infranqueable en el que reside la fe.

Pero, si tal lugar es infranqueable ¿para qué gastar pólvora en gallinazos en vez de hacer literatura? No está claro. Quizás para publicitarse. El resultado es periodismo de primera calidad: documenta, argumenta y expone. Vende. El paisano latinoamericano echa mano de la arqueología, la filología, la paleografía y el análisis textual, para caerle con su impecable primera persona y rigor académico a la Iglesia de Roma. Y sí que lo hace. ¡Felicitaciones!, pero ¡nada hay nuevo bajo el sol! Los fieles de la Iglesia, y ella misma, permanecerán intactos porque la fe –gracias a Dios, dirán ellos– no depende en absoluto de la realidad, sino del pensamiento. Primero fue el verbo y luego Pandora. Cualquiera, y también Vallejo, puede pecar por inocente y vender.

El historial de la meretriz de las meretrices es absolutamente fantástico, y Vallejo lo desgrana con maestría. Lástima que nos aburra a los lectores que tenemos fe en su literatura, cayendo en lo convencional. ¡Es tan típico apoyarse en la realidad –y sus desastres– para desmentir cualquier fe! Y a la hora de enunciar –denunciar– corruptelas y oscuridades, no hay que tener dos dedos de frente para saber lo que ocurre cada vez que la ambición y el poder son administrados desde el mismo trono: así es muy fácil encontrar ejemplos en los papas, pues no hay uno que se salve. Qué lástima que esta forma de abordar el tema, tan predecible, haya sido la escogida por Vallejo.

Para ver la cosa más clara, el libro revela las sórdidas historias secretas de los herederos del trono de Pedro, entre los cuales, como es evidente, ninguno estuvo libre de pecado para tirar una primera piedra. Sustenta cómo el Cristo histórico es un invento fraguado por Roma a partir del año 100, señalando, entre otras cosas, las diferentes versiones que de este tejieron los cuatro evangelistas avalados por su Iglesia, de los cuales ninguno lo conoció. Trae de nuevo a colación el Índice de Libros Prohibidos, las quemas de herejes, la venta de indulgencias, y otra buena cantidad de las eternas perlas históricas que bien conocen los fieles y que conocemos nosotros, los otros.

Sabemos que las fantasías humanas han tocado el mundo muchas veces y han producido literatura y otros milagros, y que, en las mismas circunstancias, la fe de la humanidad ha desatado desastres monumentales. Vallejo ha demostrado ser un escritor tan hábil como para poder desenvolverse en cualquiera de los dos escenarios, y La puta de Babilonia surgió del segundo. ¿Por qué elegiría el autor de Los días azules el balcón evidente para asistir a esta historia? Tal vez por inocente. O por lo contrario: ojalá que este best seller en potencia sirva para que Vallejo se cobre, contante y sonante, lo que la iglesia le debe.

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