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Primeros pasos de la nueva Nobel

Alberto de Brigard reseña En tierras bajas y El hombre es un gran faisán, dos obras de la nueva Nobel Herta Müller

2010/03/15

Por Alberto de Brigard

Como las familias de las que nos habló Tolstoi, las naciones tienen su forma particular de ser infelices. En el siglo XX Europa del Este nos ofreció una gama enorme de ejemplos de durísimos destinos colectivos y, poco a poco, Kundera, Kadaré y Lewycka nos han llevado detrás de cortinas de todos los materiales para mostrar no tanto cómo se sufría en Checoslovaquia, en Albania y Ucrania, sino los insospechados recursos de humor, de astucia y de solidaridad que permiten a los seres humanos soportar, y algunas veces derrotar, las dictaduras.

Algo parecido es lo que ha hecho Herta Müller con respecto a la vida en Rumania, desde la publicación de En tierras bajas, en Alemania en 1984, el primer volumen de sus relatos no censurado por los burócratas de su país. En sus declaraciones después de recibir el Premio Nobel, Müller ha hecho énfasis en que su escritura es producto directo de haber tenido que vivir y trabajar bajo un régimen totalitario; sin embargo, eso no es todo. La autora y sus personajes no eran unos súbditos cualesquiera de Ceausescu: hacen parte de una minoría de habla alemana que en pocas generaciones ha enfrentado sucesivamente el desprecio, el temor y el odio de sus compatriotas rumanos. Ese sentimiento de pertenecer a un grupo cerrado, cercado y sin futuro, en medio de una sociedad que es –en el mejor de los casos– indiferente a su suerte, imprime un tono particular a los dos libros de la autora, que ha reeditado Siruela tras la noticia de octubre y que han reaparecido con sorprendente rapidez en las librerías bogotanas, después de años de ofrecerse sin mucho éxito en las bodegas de saldos.

El núcleo de En tierras bajas es un largo relato de carácter autobiográfico, que ocupa la mitad del libro. Una niña trata de descifrar las miserias diarias de varias generaciones de su familia: mujeres que lloran, hombres que se emborrachan y pelean, niños que imitan a sus mayores aunque presienten vagamente que hay quienes tienen una vida diferente, sin llegar a imaginar cómo alcanzarla; trabajo duro y poco productivo en una tierra tan pantanosa que muchas veces ni siquiera acoge con facilidad a los muertos; choques con las autoridades que prohíben matar terneras y destilar aguardiente, aunque los veterinarios expiden continuamente certificados sobre accidentes de las reses y en los veranos el pueblo “huele como un gigantesco alambique”; parentescos tan entreverados que cualquier infidelidad tiene connotaciones de incesto. El resto del libro lo componen catorce relatos tan breves y condensados, que en ciertos casos parecen obedecer más a las reglas de la poesía que a las de la narrativa; varios de ellos se podrían describir como zooms de escenas del relato central, o podrían ser notas de pie de página para aclarar las paradojas de una existencia que en muchos aspectos se repite desde el siglo XVII, cuando los primeros suabos fueron llevados, por medios más o menos coercitivos, a poblar las orillas del Danubio. Un buen ejemplo de esta atemporalidad es el brevísimo cuento El baño suabo, en el cual el agua de una vieja bañera va enfriándose y enturbiándose a medida que todos los miembros de la familia pasan por el ritual del sábado por la tarde; si la última frase del cuento no incluyera la palabra televisión, la historia podría ocurrir hace trescientos años.

El hombre es un gran faisán en el mundo apareció dos años más tarde, en 1986, pocos meses antes de que Müller emigrara a la entonces República Democrática Alemana, y muestra precisamente las angustias de los rumanos de habla alemana que, para dar ese paso, tenían que someterse a todo tipo de abusos por parte de las autoridades civiles, religiosas y económicas de unas comunidades en donde cada uno conoce a la perfección las debilidades, las tragedias y las endebles bases para la esperanza de sus vecinos. El protagonista ha de contemplar –tan azorado e indefenso como un faisán ante los cazadores– cómo su hija se prostituye para conseguir una firma o un sello, y revive la angustia de saber que su mujer tuvo que hacer algo similar para regresar con vida del campo de trabajo ruso al que la enviaran los comunistas (como a tantos otros suabos, entre ellos la madre de Müller) después de la Segunda Guerra Mundial. Esta comunidad pierde su identidad a pasos agigantados, los jóvenes emigran tan pronto logran juntar el dinero para los sobornos y los pasaportes, y los mayores ya no soportan más dolores, pero tampoco consiguen formarse una imagen de la supuesta “madre patria” a la que ellos o sus hijos pretenden llegar.

Nuevamente Müller nos ofrece una escritura muy efectiva sin necesidad de extenderse mucho. Los capítulos de El hombre es un gran faisán… rara vez ocupan más de dos páginas, y son como viñetas que ilustran una historia que no se cuenta con todos sus detalles. El estilo de la escritora es muy personal: se caracteriza por una sucesión sostenida de frases muy breves y directas, en una especie de staccato ininterrumpido que, por pura acumulación, termina por ser extrañamente poético y evocativo. Entre esas frases cotidianas, descriptivas, que parecen querer evitar todos los adornos, las metáforas multiplican su poder y contribuyen a crear el clima triste y desesperanzado de la novela.

¿Qué esperar cuando uno se enfrenta a unas obras que, en español, han pasado más o menos inadvertidas durante más de veinte años y están de repente bajo los reflectores del premio literario más prestigioso del mundo? Las recomendaciones respecto a Müller no provienen exclusivamente de Estocolmo. Sus libros, más de veinte, aparecen con muy respetable regularidad desde la década de los ochenta y obtienen también regularmente los premios más importantes de la literatura en su lengua, así como otros galardones internacionales, por ejemplo, el Impac de Dublín; Claudio Magris, en su bellísimo Danubio, se refiere a ella en los términos más encomiosos. Por eso la sorpresa que nos deparó la Academia Sueca en esta ocasión es una buena noticia, pues debe llevar a que se aceleren las traducciones de las obras más recientes de esta autora, que en sus primeros libros ya ofrecía tantas cosas atractivas. Por ahora, este aperitivo de su obra madura es más que bienvenido.

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