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Pronóstico reservado

Juan Carlos González reseña la película del director rumano Cristi Puiu, La muerte del señor Lazarescu

2010/03/15

Por Juan Carlos González A.

Ahí yace por fin el señor Lazarescu, en una camilla y con la cabeza rasurada, prácticamente inconsciente y a pocos minutos de una neurocirugía para drenaje de un hematoma subdural. ¿Morirá? El título de la película no deja mucho espacio a las suposiciones, pero como la que recién describí es la última imagen del filme, pues ya queda a la imaginación de cada espectador sacar las conclusiones finales.

Particularmente creo que Lazarescu Dante Remus ya estaba condenado: fue víctima de su condición —62 años, viudo, hija en Norteamérica, tres gatos, descuido personal, alcohol y tabaco—, de su enfermedad en sí y del sistema de salud de su país. Los tres factores los describe el director rumano Cristi Puiu con precisión clínica para componer una película nada complaciente, que tiene enormes ganas de denunciar una situación de abandono que muchos pacientes como el señor Lazarescu padecen. Para lograrlo recurre a una puesta en escena transparente, donde parece increíble que los personajes que vemos no sean en realidad pacientes, paramédicos, médicos y enfermeras sino actores. Tal es el realismo alcanzado y tal es el magnífico nivel de los interpretes, encabezados por Ion Fiscuteanu, como el señor Lazarescu. Todo un señor actor que —cosas del destino inverosímil— falleció de un cáncer de colon el 8 de diciembre de 2007, lesión que precisamente fue uno de los diagnósticos iniciales que le hicieron a su personaje. Por supuesto la labor de Cristi Puiu en la dirección de actores contribuyó en gran medida a alcanzar este tono, esta atmósfera documental, de hechos que se están desarrollando directamente frente a nosotros, sin ningún guión de por medio.

El cine rumano que hemos visto este año ha mostrado su afán realista, su gusto por la cámara en mano, por los planos largos, por la desnudez de la puesta en escena. Todo esto aparece acá, al servicio de la historia de un hombre cualquiera, rumano o colombiano, que tiene una enfermedad que él considera grave y que decide llamar a un servicio de atención prehospitalaria un sábado por la noche, para enfrentarse (¿estrellarse?) luego con los servicios de urgencias a donde lo remiten. Tiene que haber en este director un conocimiento muy grande del tema (he leído que es hipocondríaco), o una asesoría médica de asombrosa calidad para lograr la verosimilitud, primero de los signos y síntomas de la patología del señor Lazarescu, y luego de la atención médica que se le brinda. Es en los servicios de urgencias donde la mirada de Cristi Puiu se torna más crítica: los médicos quieren deshacerse del paciente, no entienden por qué lo llevaron allá y no a otra parte, reprenden a Lazarescu por su modo de vida, restan importancia a sus síntomas, sienten que están por encima de cualquier sugerencia de la enfermera que acompaña al viejo en este trance, mientras lo atienden con desdén, frialdad y una triste falta de humanidad. Para ellos es uno más en medio de una noche de fin de semana particularmente agitada por un grave accidente de tránsito.

Si lo descrito suena muy familiar, no es casual. Aquí las cosas —sobre todo en algunas agónicas empresas de salud— son muy similares. Sortilegios del buen cine, Cristi Puiu quiso mostrarle al mundo lo que ocurre en su país, para terminar, sin pretenderlo, reflejándonos a nosotros y quién sabe a cuántos más. Es el pronóstico reservado de un modelo de seguridad social que padece una enfermedad más grave que la del señor Lazarescu. Por lo menos él está a punto de descansar en paz.

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