RevistaArcadia.com

Protagonista la muerte

Luis Fernando Charry reseña Cuentos escogidos del escritor uruguayo Horacio Quiroga

2010/03/15

Por Luis Fernando Charry

En el prólogo de Cuentos escogidos, la escritora argentina Liliana Heker intenta capturar de entrada la figura siempre escurridiza del escritor uruguayo Horacio Quiroga: “Profesor de literatura, lector refinado, áspero amante de la selva y de muchachas adolescentes, fotógrafo, admirador precoz del cine, loco, humorista, malhumorado, dispéptico, químico aficionado, testigo y causante de muertes cercanas, ciclista, mecánico amateur, padre singular”. No está mal. Cada lector se puede quedar con la imagen que más lo seduzca. Algunos prefieren la imagen del aspirante a escritor que lee a Ibsen (el cuento “Frangipane” delata ciertos gustos literarios) y viaja a París a despilfarrar una herencia. Otros prefieren la imagen del autor fantástico (el aspecto psicológico de un animal adquiere una dimensión humana en “La insolación” o “El alambre de púa”) en lugar de la del teórico no autorizado a teorizar sobre el cuento y sus mecanismos. Hay otros que prefieren la imagen del muchacho que va a cine con la adolescente pasión cortazariana de enamorarse de la actriz de turno (el cuento “El espectro” es una muestra de esos casos de enamoramiento). Todas son imágenes verídicas y pertenecen a la extenuante biografía de este hombre de letras. Pero la imagen que más pesa, la que adquiere una relevancia mayor (al menos a la hora de repasar su obra), es la imagen de la muerte.

Es necesario registrar aquí un breve inventario de tragedias: a los dos meses de nacido, Quiroga perdió a su padre, el diplomático Prudencio Quiroga, a quien se le escapó un tiro de escopeta mientras descendía de un bote. Doce años después presenció el suicidio de su padrastro. Y diez años más tarde mató a su amigo Federico Ferrando mientras limpiaba un arma para un duelo. Antes de suicidarse con cianuro (esa tarde, en el Hospital de Clínicas, recibió en silencio el dictamen médico –cáncer en el estómago– y unas horas más tarde salió a dar una vuelta por el puerto para no regresar nunca más), Quiroga había sobrellevado un par de reveses afectivos: su primera esposa, Ana María Cirés, se envenenó una mañana tras seis años de matrimonio; su segunda esposa, María Elena Bravo, 30 años menor que el escritor, y amiga de su hija Eglé, lo abandonó en medio de la selva llevándose a la hija de ambos. (Un último dato mortuorio: su hija Eglé y su hijo Darío se suicidaron unos años después de la muerte del escritor; el relato “El desierto” retrata la particular crianza de estos hijos suicidas en la selva).

Dejando a un lado ese repertorio de tragedias, la obra cuentística de Quiroga ha sido una de las más perdurables en la literatura latinoamericana, donde cuenta con una legión de admiradores entre quienes se encuentran Julio Cortázar, Emir Rodríguez Monegal y Abelardo Castillo. Así, aparte de los cuentos mencionados al comienzo, hay en esta selección (donde la presencia de la muerte es un componente fundamental) dos breves obras maestras del horror: “El almohadón de plumas” y “La gallina degollada”. Y eso no es todo. Del libro Los desterrados –acaso el gran libro de Quiroga, incluido en este volumen en su totalidad– habría que mencionar “Tacuara-Mansión”, “El techo de incienso” y “Los destiladores de naranjas”, una serie de cuentos en los que se condensa mejor las virtudes narrativas de Quiroga en virtud de un elenco de personajes (brillantes seres marginales) perdidos en la frontera. En este punto el autor en cuestión se convierte sin duda en un maestro aventajado.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.