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Pruebas de escritura

Luis Fernando Charry reseña Relatos, una selección de 33 cuentos de Rudyard Kipling

2010/03/15

Por Luis Fernando Charry

La obra de Rudyard Kipling ha tenido no pocos detractores. No es extraño: la grandeza de algunos escritores, en especial después de la muerte, se podría medir por el grado de rechazo que su obra suscita; sabemos (o al menos deberíamos saber) que la desaprobación post mórtem es una de las bellas artes.

Kipling no pudo no ser objeto de esta práctica: falta de patriotismo, militarista, autor infantil, imperialista, son algunos de los pecados capitales que sus detractores suelen rememorar. Y hay más. Aunque no debemos olvidar las palabras de Chesterton: “El mensaje de Rudyard Kipling, aquel en el que se ha concentrado realmente, es lo único que debe preocuparnos acerca de él, o de cualquier otro hombre. A menudo ha escrito mala poesía, como Wordsworth; ha dicho tonterías, como Platón; ha sucumbido a la histeria política, como Gladstone. Pero nadie puede dudar que trate de decir algo con firmeza y sinceridad, y la única pregunta seria que podemos hacernos es: ‘¿Qué es lo que trata de decir?’”.

En el caso de Kipling hay varias respuestas. Pero la más sobresaliente, la más definitiva, la podemos encontrar en sus relatos. Y para eso nada mejor —es una obra, como la de los grandes, vasta y dispareja— que una antología. La que aquí nos ocupa se llama Relatos y es una exquisita selección llevada a cabo por Alberto Manguel, donde el lector podrá encontrar 33 cuentos de variada naturaleza, de variada extensión, situados en ciudades polvorosas como Agra o Calcuta (Kipling nació en Bombay en 1865 y vivió allí hasta los seis años; en algunos cuentos hay extractos de proverbios indios a manera de epígrafe) o en las invernales ciudades inglesas en las que pasó buena parte de su adolescencia. En Inglaterra, en una primera etapa, se transformó en un huérfano reservado (a los seis años sus padres lo dejaron, junto con su hermana, en la casa de un par de desconocidos para que se educara dentro de la tradición inglesa), y más tarde en un atento lector de Robert Luis Stevenson.

Con el tiempo, Kipling descubriría los rigores de la envidia, del castigo, del sadismo, que más adelante se fundirían en sus ficciones —“Bee, bee, ovejita negra” es un magistral ejemplo—, y que dejaría consignado in extenso en su autobiografía titulada Something of Myself: “He tenido algunas experiencias con matones, pero esto era una tortura preconcebida, tanto religiosa como científica. Sin embargo, me hizo prestar atención a las mentiras que muy pronto me vi obligado a decir: y esto, entiendo, es el fundamento de todo esfuerzo literario”. Aparte de volver a visitar los horrores de la infancia, Kipling tiene otros intereses: los misterios del mar, los ciclos de los animales y los aventureros, y la buena o mala suerte de los soldados (uno de los más famosos, de los más obedientes, terminó, sin darse cuenta, convertido en un nuevo salvador).

Tal vez por su sutileza narrativa, por su concisión lexicográfica, Kipling también ha tenido no pocos admiradores. Borges es uno de los más fervientes: una prueba es el volumen de relatos de Kipling que hace parte de la ya célebre (y conflictiva) Biblioteca Personal. Otra prueba de ese fervor la podemos encontrar en el prólogo de El Informe de Brodie (1970): “Alguna vez pensé que lo que ha concebido y ejecutado un muchacho genial puede se imitado sin inmodestia por un hombre en los lindes de la vejez, que conoce el oficio”. Borges tenía 71 años y el muchacho genial al que se refería era Rudyard Kipling, que había escrito Cuentos de las colinas cuando apenas tenía 19 años.

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