'El día que la virgen llegó a la luna', Rolf Bauerdick. Salamandra, 2012. 445 páaginas * $46.000

Pueblo chiquito, infierno grande

Consuelo Gaitán reseña 'El día que la virgen llegó a la luna' de Rolf Bauerdick.

2012/07/19

Por Consuelo Gaitán.

A  través de las más de cuatrocientas páginas de esta novela se aprende más de la historia política rumana que leyendo el más exhaustivo manual de historia. Y sin embargo, El día que la virgen llegó a la luna es un thriller delicioso que transcurre en una aldea perdida de los Cárpatos rumanos, entre 1957 (año del primer vuelo espacial exitoso de los rusos con la perrita Laika a bordo del Sputnik), y 1989, año en que es fusilado el dictador Ceaucescu.

La novela es un panorámico cuadro de costumbres de la vida cotidiana de la remota aldea, con su mezcla de razas y culturas en la que conviven alemanes, húngaros y rusos junto a la muy numerosa etnia de los gitanos, siempre en desplazamiento.  Y, como siempre (pueblo chiquito, infierno grande), los truculentos y, a veces, trágicos acontecimientos que en esta ocasión tienen un marcado tinte político.

Uno de los ejes narrativos es la hermosa amistad entre dos singulares personajes: el propietario de la única taberna del pueblo y sitio obligado de reunión de sus habitantes y un recio gitano con una obsesiva afición por la lectura. En el pueblo han ocurrido varios hechos insólitos que tienen al pueblo perplejo: la repentina desaparición de la única maestra del pueblo, el asesinato del párroco y el robo de la estatua de la virgen que preside la iglesia. El narrador, sobrino del tabernero, decide investigar por su cuenta y, a lo largo del proceso detectivesco, el lector asiste a la más completa descripción del funcionamiento del monstruoso aparato estatal de uno de los países de la Cortina de Hierro durante la Guerra Fría: escalofriantes abusos de poder, desapariciones, asesinatos y una interminable burocracia. Aunque, como bien lo dice uno de los personajes: “¿Sabe una cosa? Socialismo, comunismo, democracia, en Baia Luna no cambia nada”.

Lamentablemente, podría decirse lo mismo en casi todas las latitudes del planeta.

Sin duda, lo más destacable de la novela es su extraordinario tono humorístico. A propósito del Sputnik, la pareja de amigos, el tabernero y el gitano, el autor entreteje la más divertida historia sobre la carrera espacial entre rusos y norteamericanos. Según ellos, como los rusos están bajo un sistema político que proscribe la religión, su propósito con los viajes espaciales es encontrar a la virgen María y devolverla a la tierra antes de que lleguen los norteamericanos, pues si estos la encuentran primero quedaría demostrada la existencia de Dios y ganarían más adeptos en el mundo.

Señalaba el filósofo húngaro Georg Lukács (cuando aún se leía a Lukács) a propósito de las novelas de Balzac, el papel esencial que ha tenido la novela realista para “reflejar la realidad objetiva” y mostrar las transformaciones sociales; asimismo, la relevancia del arte como valor de uso (no como mercancía negociable) y como articulador del mundo de los procesos creativos con la realidad. Justamente esta divertida novela cumple a cabalidad estos preceptos: en ella se ven reflejadas tanto las transformaciones sociales y económicas de una región casi desconocida para Occidente, el primordial lugar que ocupa la religión bajo cualquier sistema político, la idiosincrasia y prejuicios que subsisten tanto en Oriente como en Occidente, así como la raigambre de los prejuicios raciales que atraviesa tantísimas culturas y épocas.

Es curioso el caso de este libro: es la primera novela de un fotógrafo y periodista alemán de cincuenta y cinco años, muy reconocido por sus fotoreportajes sobre el pueblo rumano y concretamente sobre la etnia gitana. Precisamente, uno de los grandes aciertos de la novela es el extraordinario conocimiento, respeto y amor que refleja por una cultura que ha sido perseguida y rechazada de manera sistemática a través de los tiempos. Sin grandes pretensiones formales pero con un acertado manejo del suspenso, el lector se siente arrastrado hacia esos sencillos pero vívidos personajes que, como el gitano, nos recuerda a ese otro entrañable personaje, el disparatado Melquíades de Cien años de soledad.

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