RevistaArcadia.com

Puras emociones

2010/06/29

Por Manuel Kalmanovitz

Cómo ha sufrido el pobre Mickey Rourke. Todo para poder, en una nueva oportunidad en el trampolín de la fama (que da quién sabe a qué piscina, llena con quién sabe qué agua) dejarnos esto que es El Luchador. Es bien manipuladora esta película –pero era de esperarse viniendo de Darren Aronofsky—. En las películas de Aronofsky uno se siente lidiando con algún maniático callejero que lo zarandea a uno de las solapas de la chaqueta mientras le grita cosas enredadas y le salpica la cara con babitas de emoción. Obviamente es un tipo apasionado que quiere que uno comparta su pasión y su punto de vista. Su punto de vista no es muy profundo, aunque sí tiene el poder de su pasión. Por eso temblequeaba tanto la cámara en Pi, El orden del caos. Por eso tanto primer plano de la cara de Mickey Rourke inexpresiva, semidestruida, en El Luchador: quiere despertar emociones.

Pero al terminar la película queda la duda de la razón de todo eso, el para qué, porque son emociones que se muerden la cola. Sus películas dicen “¡Miren todos! ¡Puedo despertar emociones! ¡Qué increíble!” y ya. Las emociones no son subproductos de lo que se dice, son el plato principal.

Al menos en El Luchador.

Vemos acá la triste historia de Randy ‘The Ram’ Robinson, un luchador que tuvo una época dorada en los años ochenta y que ahora recorre un circuito pobretón de torneos semi caseros en gimnasios escolares o comunales. Y cuando no lucha, lo vemos haciendo labores menores en un supermercado o rogándole a su casero que lo deje entrar a su casa-trailer a pesar de no haber pagado el arriendo. En síntesis, una vida horrorosa, sin espacio para la redención y mostrada de forma extraña, sin compasión; como si quisieran restregarnos la cara contra ese horror.

Y con su familia, las cosas de Randy no marchan mejor: tiene una hija a quien nunca ve y la única posibilidad romántica que aparece en el horizonte, el único rayito de sol en semejante vida gris, es una desnudista (Marissa Tomei, otro rostro salido de la bruma de los 80) reacia a salir con clientes, pero que parece sentir cierta ternura ante la brutalidad desprotegida e inepta de él.

Podría ser otra versión de La bella y la bestia, aunque en este caso debería ponerse a la bestia por delante, porque el énfasis está totalmente en Rourke y su rostro extraño, tan de operación estética fallida, tan de accidente absurdo.

Pero tiene su lógica ese énfasis. Si lo importante es despertar emociones, sin importar los medios, no hay nada como un rostro que muestre claramente, verídicamente, unas cicatrices horrorosas. Es un atajo esto de usar a Rourke, pero funciona, imposible negarlo.

Lo de Rourke también resuena a otro nivel: podemos verlo como una especie de mártir de Hollywood, alguien que ha sufrido y se ha sacrificado por todos nosotros, los consumidores de películas estadounidenses. Al mostrarnos su lamentable estado actual nos hace ver de lo que somos culpables, nos muestra abiertamente los monstruos que esa fábrica de los sueños echa por su puerta trasera. Y, bueno, ahí también funciona.

Pero la película se queda ahí. En la emoción superficial que despierta Rourke y ese entorno deprimente donde lo pone Aronofsky. Habría hecho falta que alguien usara ese rostro no para hacernos sentir culpables o para demostrar lo terrible que puede ser una caída, sino para ampliar nuestro entendimiento sobre lo que significa estar acá ahora. Pero bueno, habrá que esperar a que alguien más lo haga.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.