RevistaArcadia.com

Razones estéticas

Antonio Caballero y la supuesta tumba de la familia de Cristo

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Un director de cine israelí y un productor norteamericano acaban de hacer un documental de televisión sobre un antiguo enterramiento judío descubierto en Talpiot, en los alrededores de Jerusalén, en 1980. Se trata, según ellos, de la tumba de la familia de Cristo. En los osarios de piedra hallados en su interior están grabados su nombre, los de varios de sus hermanos, el de su madre María, el de María Magdalena, que según los cineastas era su mujer, y el de un niño llamado Judas, que podría ser el hijo de ambos. Los restos humanos fueron en su momento entregados a los rabinos para que los sepultaran nuevamente, como dispone la ley israelí con respecto a esta clase de hallazgos arqueológicos. Pero los restos de restos, por llamarlos así, que todavía quedaban en la piedra, fueron sometidos a pruebas de dna que demuestran, según los autores de la película, que eran parientes entre sí, con excepción de la Magdalena.

Sinceramente, y por mucha inscripción en arameo con el nombre de “Jesús hijo de José” que tenga la urna funeraria, yo no creo que ese haya sido el sepulcro de Cristo.

No entro a discutir la atribución por razones teológicas referidas a la doctrina cristiana, según la cual la tumba de Cristo, si la hubiera, tendría que estar vacía. Así lo exige el dogma de la resurrección, clave de bóveda del cristianismo. No entro a discutirlo desde ese ángulo, digo, porque es cuestión de fe. O, más exactamente, de fe en la fe: de creer que son “documentos rigurosos” (como afirma un teólogo católico consultado al respecto por la prensa) los textos evangélicos, pese a haber sido redactados varios siglos después de los acontecimientos que narran.

Tampoco la discuto por motivos arqueológicos ni históricos, y ni siquiera de sentido común: por el hecho de que ya exista otra tumba oficialmente atribuida a Cristo en el centro de Jerusalén, debajo de la basílica del Santo Sepulcro, descubierta e identificada por la madre del emperador romano Constantino (también varios siglos después de los hechos). Por una parte, también esa puede ser falsa: la Iglesia tiene una larga y sólida tradición en la falsificación de reliquias. Y por otra, son muchos los personajes históricos que tienen más de una tumba. Cristóbal Colón, por ejemplo, está enterrado a la vez en la catedral de Santo Domingo, en la República Dominicana, y en la de Sevilla, en España. María, la madre de Cristo, tiene por lo menos dos fuera de la de Talpiot: una en Jerusalén y una en Éfeso (y no sé si una tercera en la santa casita de Loreto, en Italia). Y el propio Cristo, según la tradición gnóstica, está enterrado también en Cachemira, en la India.

Si pongo en duda que la verdadera sea esta nueva de ahora es por motivos estéticos. Es demasiado cursi.

No es que la imaginara monumental y fastuosa, como la pirámide del faraón Keops en Gizeh, o el Taj Mahal de la begum Arjuman Banu en Agra, o el mausoleo del presidente Mao en Pekín: ya sabemos que el título de ‘Rey de los Judíos’ que le dieron a Cristo era simbólico, o de burlas. Pero tampoco es posible que sea ésta que nos muestran las fotos tomadas hace veinticinco años por los arqueólogos que la excavaron. Una tumba como una casita de muñecas, con su puertecita y su ventanita, y una especie de tejadito puntudo tallado en la roca rojiza: como la casita de mazapán y caramelo de Hansel y Gretel en el cuento de hadas. Tumbas así se ven muchas en los cementerios burgueses del siglo XIX: panteones de la familia de nuevos ricos arribistas. Podría ser la tumba, qué sé yo, de un fundador de secta evangélica en el Medio Oeste norteamericano o en Corea del Sur, o la de un telepredicador enriquecido. Pero no la del profeta de una religión seria.

En fin: tampoco es que haya muchos.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.