Poesía reunida $ 19 poemas en su nombre.

Recordar el paraíso

Juan Felipe Robledo reseña la Poesía reunida de María Mercedes Carranza

2013/07/18

Por Juan Felipe Robledo

El lector de Poesía reunida & 19 poemas en su nombre de María Mercedes Carranza se encontrará con una de las voces poéticas más personales e intensas de la poesía colombiana de las últimas décadas. Si uno empieza a sumergirse en la atmósfera de poemas como “Ledesma, 1951” o “Kavafiana” descubrirá algunas de las virtudes cardinales de esta poesía: rigor expresivo, capacidad de convocar en pocas y significativas imágenes un mundo, conocimiento verdadero y jamás exhibicionista de la tradición poética, una mirada lúcida e implacable sobre la propia condición y la naturaleza de nuestros miedos y límites, una amarga sonrisa que parece ofrecer una forma de consuelo que, sin embargo, es efímero, la dureza de aquel que ha pesado su corazón y lo ha encontrado hueco y, siempre, el milagro repetido de conseguir que las palabras hablen de aquello que no puede ser expresado sino con la verdad atenta que escruta entre las sombras y nos devuelve nuestro rostro en un espejo donde nada se oculta.

La obra poética de María Mercedes Carranza, que se encuentra de manera íntegra en esta edición conmemorativa publicada con motivo de los diez años de su muerte y que ofrece el atractivo adicional de incluir poemas escritos en su nombre por poetas del orbe de la lengua española, nos pone en contacto con esa Colombia dolorosa y gris, reducida, que un domingo bogotano puede ofrecer, el del tedio y el horror, la pequeñez del ánimo y la malquerencia, el deseo de encontrar otra vida en la que no hubiéramos perdido el rumbo a una ilusoria felicidad que nuestra infancia soñó, pero también nos ofrece la capacidad de convocar el deseo que hizo posible otra mañana, el recuerdo que es luz y prodigio, las maravillas de la amistad, los demasiados libros convocados con júbilo y amor, con resignado gesto de aceptación de un destino.

El deseo de los cuerpos, el desamor, la poesía, la infancia, la violencia, los goces del paladar, son fuerzas que recorren este libro con verdad y maravilla; sus palabras nos hacen descubrir aquello que buscamos en los poemas, su sugestiva capacidad para hacernos sentir más plenos, más inteligentes, más vivos y sorprendidos, más llenos de temor y furia de lo que podríamos confesar en grises días que no sabemos cómo entender cuando nos dominan el desánimo y la abulia.

María Mercedes Carranza nació en la década de los cuarenta del siglo pasado, y pertenece a una generación de poetas preocupados por descubrir una expresión contemporánea para sus sueños y angustias, la llamada Generación sin Nombre o de Golpe de dados, en recuerdo de la revista dirigida por Mario Rivero, uno de los amigos más cercanos de la poeta bogotana, y comparte con varios de los poetas de esta generación un deseo auténtico por hacer de la poesía un lenguaje dúctil y cercano para lectores de un tiempo donde las ilusiones parecen haber sido sepultadas de manera irremediable.

En el rostro que nos van forjando los años hay marcas de traiciones, episodios oscuros que deseamos olvidar, el surco amargo del horror de la guerra haciendo ruido sobre nuestras cabezas, milagros secretos y no por ello fútiles. De todo esto hablan los versos de este libro: del prodigio de las sobras de arroz frío en la nevera:

“…simple, /vergonzante y oculto placer / que todas las cocinas guardan”; del reencuentro de los viejos amantes: “Costumbre de los dos / hecha a pulso de encuentros / en esta tibia cama, / donde yacen los sueños / las lágrimas y todas las mentiras / de nuestra larga historia”. Pero también el recuerdo de ese mundo perdido que vuelve para recordarnos dónde empezaron las cosas de nuestra vida: “No olvido el paraíso, / ese lugar de paso de la infancia, / con su felicidad a cuestas / y tanta luz entre los ojos”.

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