Asamblea del fuego Catalina Restrepo La Valija de Fuego Editorial $39.000 241 páginas

Viejas voces de la guerra

Álvaro Sierra hace una reseña de "Asamblea de fuego" de Catalina Restrepo

2014/09/23

Por Álvaro Sierra

 

Ahí se oyen, casi 30 años después, como si hablaran hoy, las voces de una docena de guerrilleros, notables y anónimos, grabadas a finales de los años ochenta. La autora y la comentarista de este libro sugieren que su principal lección es que hoy, en La Habana, el gobierno y las Farc siguen discutiendo sobre los mismos temas que hace 28 años, “los mismos que exigían las guerrillas liberales” hace medio siglo. Esto es cierto, pero solo parcialmente, pues además de tópicos nuevos, hay ausencias notables frente a negociaciones anteriores. Pero, para mí, eso no es lo importante. Lo inquietante, lo relevante de este libro es el tranquilo aplomo con el que sus protagonistas justifican la guerra. Ahí están, como si hablaran hoy, las voces de unos guerreros convencidos de que el recurso a las armas está justificado, aun después del delirium tremens revolucionario como la toma del Palacio de Justicia.

No hay una sombra de arrepentimiento; no hay una duda sobre la necesidad de las armas para ejercer la política en Colombia en las voces que hablan en esta ‘asamblea’ en la que el fervor por el fuego de la violencia crepita en cada frase de sus protagonistas. Casi todos hablan en las circunstancias de las negociaciones de paz de 1985 - 1986. Casi todos, como siempre lo han hecho los armados, oficiales e irregulares, dicen que quieren la paz y justifican la guerra.

Este libro de Catalina Restrepo es una ventana abierta de par en par al discurso de justificación de la violencia, ese sí intacto desde hace medio siglo. Lo ha sostenido el Estado, negándose a hacer cosas elementales y haciendo cosas bárbaras contra la población y contra la oposición. Pero lo ha sostenido, también, y de qué manera, ese vasto sector de oposición que resolvió ejercer su derecho a ella mediante la violencia arguyendo que el Estado no le dejaba otro camino. Para las guerras se necesitan dos, y se necesita que estén convencidos de su necesidad. En este libro están los de un bando. Y bien convencidos.

Todos, desde la interesante figura de Rosendo Colmenares, compañero de viaje de Guadalupe Salcedo y otros célebres guerrilleros del Llano desmovilizados y asesinados, hasta Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, y los jefes del M-19 y el ELN y combatientes de base justifican medio siglo de violencia en Colombia por cuenta de los incumplimientos y la violencia del Estado. Hay que oír a estas voces que le hablan al país de hoy con escalofriante potencia. Aquí no está explicado el conflicto armado, está desenrollado, ancho y abierto para caminar por él, el rojo tapete del discurso de la violencia armada.

Hay que oír al anciano Rosendo Colmenares decir en 2004: “yo no perdí la guerra porque eso sigue, esta guerra no se acaba”. Hay que escuchar a Manuel Marulanda justificar su rebelión armada, condenar el terrorismo y decir: “a ellos (los militares y parte de los gremios), los mata la paz y por eso necesitan la guerra; a nosotros nos fortalece la paz y nos mata la guerra”. Hay que ver a Jacobo Arenas despachar a la Coordinadora Guerrillera de esos años como un “embeleco político […] un acuerdo del M 19, el EPL y otras siglas inexistentes”; sostener que “el gran secreto de la política colombiana en su desarrollo es el logro de combinar todas las formas de lucha de las masas”.

Hablan Carlos Pizarro y Marcos Chalita, del M-19. Y habla, en diciembre de 1985, con el cadáver aun humeante del Palacio de Justicia, Álvaro Fayad. Declara la toma “una acción de justicia”, sostiene que “no había rehenes”, sino que fueron a “presentar una demanda”. “Era lo que había qué hacer y lo que el país necesitaba”, sentencia. Y concluye, como gran lección moral de ese holocausto: “Ahora, la paz en Colombia, hay que defenderla con las armas”. Sí, hay que oír el aplomo con el que estas viejas voces de la guerra defienden su necesidad. Quizá sirvan para convencernos por fin, 28 años después, o medio siglo después, de su inutilidad.

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