Mauricio Sáenz, columnista de Arcadia.

La hippie que cambió el mundo

Ese año, Jody Williams recibió el premio Nobel de Paz y confirmó que una joven provinciana sí podía cambiar al mundo. Mauricio Sáenz, columnista de Arcadia, presenta una reseña sobre el libro de la estadounidense.

2015/12/11

Por Mauricio Sáenz

Los compañeros en la cola, el taxista y su pasajero, los vecinos de silla en el avión, los amigos con un café… todos ellos han arreglado el mundo. Todos tienen un diagnóstico para los problemas, desde la guerra en Siria hasta TransMilenio, pero pocos, poquísimos se arriesgan a pasar de esas charlas ‘sesudas’ a intervenir de verdad para cambiar las cosas.

Jody Williams pertenece a esa ínfima minoría. Esta típica baby boomer gringa, que creció en provincia y experimentó las vivencias clásicas de su generación, se convirtió en activista social y años después recibió el premio Nobel de la Paz por su exitosa lucha mundial contra las minas antipersonal. Sus memorias, recogidas en este libro, constituyen una lección de vida y un aliciente para que crezca esa insignificante tropa de quijotes dispuestos a luchar por sus ideales aún frente a adversarios aparentemente invencibles.

Y son toda una lección porque sus antecedentes no hacían presagiar para ella un destino así. Nos los cuenta con el tono de una charla en su cocina, como si fuera cualquier cosa. Lo hace con un estilo tan sencillo, directo y ameno que si uno se descuida puede creer a veces que está leyendo la Selecciones del Reader’s Digest.

De ese modo nos enteramos de su infancia en un hogar de clase trabajadora. Católica por su abuela materna italiana, creció en Poultney, un pueblo minúsculo de Nueva York. Su padre luchaba con una variedad de trabajos, uno de los cuales lo llevó a trasladarse con su prole a Brattleboro, Vermont, que con sus 12.000 habitantes les parecía una metrópoli. Ella nos lo cuenta todo: desde su decepción cuando supo que una niña no podía ser papa hasta su estreno sexual en el viejo Thunderbird de su primer novio, Claude, con el que se casaría a los 23 años, solo para separarse poco después.

Esa vida casi predecible terminó cuando Jody ya se había convertido en una estudiante rebelde en Washington. Alguien le entregó en un paradero de buses un volante que convocaba a una reunión contra la intervención en El Salvador. Asistió y casi sin darse cuenta terminó involucrada a fondo.

Su labor en América Central la condujo a enfrentar graves peligros, hasta el punto que un miembro de los escuadrones de la muerte salvadoreños la violó. Pero ella no dejó que esa dura prueba destruyera su vida, y siguió con tal ímpetu que Bobby Muller, el director de la Fundación Norteamericana de Veteranos de Vietnam, la contactó en 1991 para que dirigiera un proyecto mundial contra las minas.

Desde ese momento, Williams se entregó a organizar la Campaña Internacional contra las Minas Terrestres (ICBL). Pero así como crecía el apoyo popular a la causa, lo hacía la resistencia de algunos gobiernos. Sobre todo el de Estados Unidos, que se empeñó en matar el proceso al proponer excluir de la prohibición su nuevo tipo de “minas inteligentes”, capaces de desactivarse solas al final del conflicto.

Jody no retrocedió un milímetro a pesar de las presiones y siguió viajando por el mundo mientras combinaba la pasión con estrategias de impacto. En una reunión en Ginebra, por ejemplo, sonaba cada 20 minutos el estallido de una mina mientras crecía en un tablero la cifra de víctimas, para representar esa espantosa estadística diaria. Y en otra, los delegados internacionales debían entrar a la conferencia por un campo minado simulado, donde podían activar explosiones virtuales.

Tras convencer a Canadá de proponer un tratado multilateral para prohibir esos artefactos de muerte y de superar las presiones de Washington, en 1997 se firmó en Ottawa la Convención sobre la Prohibición de las Minas Antipersonales, cuyo desarrollo posterior ha sido todo un éxito. Ese año, Williams recibió el premio Nobel de Paz y confirmó que una joven provinciana sí podía cambiar al mundo.

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