El joven Nathaniel Hathorne

Los precursores

Jaime Arracó Montoliu reseña "El joven Nathaniel Hathorne" de Victor Sabaté.

2015/06/19

Por Jaime Arracó Montoliu

Víctor Sabaté se considera más lector que escritor, quizá por el hecho de haber leído durante toda su vida y haber escrito solo en ciertos momentos. Puede ser esta la razón por la que en su primera novela decidió mezclar la ficción contemporánea, los relatos fantásticos del siglo XIX y la meta literatura. Todo esto en un libro de 92 páginas titulado El joven Nathaniel Hathorne (sin la w original del apellido del escritor clásico norteamericano, autor de La letra escarlata). El joven… es una obra compacta, densa, vinculante, amiga del lector, que empieza haciendo juegos literarios en los que reflexiona sobre la ficción y la realidad para preludiar una historia de vocación escritora ahogada en el día a día de la vida estudiantil en Barcelona y Nueva Inglaterra, y la posterior vida laboral.

La primera parte de la novela es frenética: el sueño literario del narrador desaparece como desaparece la niñez; pasa de largo pero el lector no deja de pensar en ella. Diez años después, cuando el protagonista está entregado a la lectura en un viaje al trabajo, descubre que hay un cuento de Nathaniel que se parece mucho a uno que él había perdido en la biblioteca de la universidad. Y allí comienza la segunda parte, en la que el autor se sirve del conocimiento de la obra de Hawthorne para abordar el tema del plagio en la historia de la literatura.

Kafka, Borges, Melville, Dumas o Bioy Casares son algunos de los escritores en los que Sabaté se apoya para repasar interesantes anécdotas de la vida privada y profesional de Hawthorne. Esos autores también dan su opinión sobre el plagio y la originalidad de la escritura. “Es imposible crear sobre el vacío”, dice Sabaté, que se remonta hasta la cultura grecorromana, al romanticismo o a Shakespeare para decir que “El mérito no estaba en la originalidad de la obra sino en la manera de escribirla” o “Nadie está a salvo de ser plagiado, aunque sea por anticipado”.

Sabaté cuenta en una entrevista que plagió, de cierta manera, la idea del viaje en el tiempo que el narrador y protagonista de su propia novela había comenzado a escribir para enviarlo a una revista literaria estadounidense: pura autoría débil. Así se construye una historia paralela en la que el narrador manifiesta un nuevo gusto por la escritura. Gracias a la lectura encuentra que él siente el mismo nivel de compromiso por la literatura que Hawthorne. Al leer uno se da cuenta de las ideas tan parecidas que un texto puede producir en diferentes personas a la vez. Leyendo se descubre que hay personas que consiguen escribir lo que uno no es capaz.

Para Borges: “Un escritor crea a sus precursores. Los crea y de algún modo los modifica”. El narrador sigue con el juego que tanto divierte a los escritores de gran ego: demostrar que cada uno de ellos sabe y ha pensado ciertas ideas antes que los demás. Esta demostración termina por moldear al protagonista hasta convertirlo en escritor. Además de seguir disfrutando de sus viajes a Barcelona en tren con su mujer para surtirse de libros comprados en la librería La Central, se complace con los enredos intertextuales y comportamentales de los escritores a los que acude para escribir su propio cuento fantástico. Se encapricha con el estilo y atrapa la importancia de la reescritura, pues esta es igual o más importante que la escritura misma: no es lo que se piensa, es lo que se llega a decir. Sabaté apunta: “La literatura, como la paternidad, como el amor, como cualquier concreción de nuestra voluntad, es un acto de fe”. Una novela corta y redonda, donde los libros son el motivo y la consecuencia.

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