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Emmanuel Carrère, el ateo improbable

¿Cómo pudo un credo tan marginal como el cristianismo convertirse en menos de tres siglos en una de las religiones más importantes del mundo? Mauricio Sáenz reseña el libro 'El reino' de Emmanuel Carrère.

2015/10/23

Por Mauricio Sáenz

Emmanuel Carrère, uno de los escritores franceses más apasionantes del momento, vuelve con El Reino a romper los géneros para entregarnos una obra escrita a caballo entre la ficción y la no ficción, entre la historiografía y la introspección, de la cual una sola cosa es segura: nadie, al terminarla, queda indiferente.

Carrère trata de explicarse, desde el análisis de tres textos del Nuevo Testamento, cómo pudo un credo tan marginal como el cristianismo convertirse en menos de tres siglos en una de las religiones más importantes del mundo. Y lo hace en busca de entender en paralelo su experiencia personal, pues él vivió su propia epifanía en el otoño de 1990, cuando fue “tocado por la gracia” y se entregó a una devoción rayana con el misticismo. Hoy, agnóstico declarado, se siente incapaz de contestar por qué llegó a creer tan profundamente en algo tan insensato como un dios encarnado, crucificado y resucitado.

Pero se lo pregunta con naturalidad y respeto, con compasión y legítima curiosidad a partir del principio, que anima a toda la obra, de que ni los fanáticos religiosos, ni los ateos desafiantes podrán jamás tener toda la razón. A ellos opone el cuestionamiento inteligente, que considera que si bien la mitología religiosa puede parecer absurda, no es posible demostrarlo. Una idea compartida por quienes creen, como dijo un comentarista, que “la fe es una hermosa locura, y la razón solo una triste pordiosera”.

Dedica las primeras 117 páginas a sus predicamentos. Nos cuenta que en su juventud tuvo una crisis: tras publicar algunas obras, su inspiración desapareció, bebió en exceso, su relación de pareja se deterioró. Inspirado por su madrina, sintió un día la llegada de la fe. Convenció a su mujer de casarse por lo católico, se dedicó a ir a misa a diario y a leer los evangelios mientras llenaba libreta tras libreta con sus comentarios y reflexiones.

Pero tres años más tarde un nuevo episodio lo tocó profundamente y su fe se derrumbó. La última nota de su última libreta resume a fondo su actitud: “Te abandono, señor. Tú no me abandones”.

Carrère cambia de tercio: ya no es el místico estudioso de las escrituras: ahora las lee como “investigador”. Quiere desentrañar la historia de esos primeros años del cristianismo a partir de los evangelios y del Libro de los Apóstoles, cuando ni siquiera tenía ese nombre. Lo hace para entender de dónde salió esa fe que ha dejado casi contra su voluntad.

Desde ese momento protagonizan el libro Pablo y Lucas, que no conocieron a Jesús, pero se convirtieron en los mayores animadores de esa empresa imposible. Carrère trata de interpretar fielmente el contexto en que se movían sus relaciones mutuas, sus viajes por los polvorientos caminos del Imperio romano para diseminar la “Vía”, como llamaban al mensaje transgresor y desmesurado de Cristo.

Pero el autor no desaparece del texto, y de cuando en cuando va incluyendo sus propias vivencias, combinadas con símiles entre esos tiempos tan remotos con la actualidad. Así nos acerca a lo cotidiano de esos personajes que no sabían, no podían saber, hasta qué punto sus prédicas transformarían a medio mundo.

El escritor francés, por lo demás, nunca deja de advertir al lector que las fuentes a las que acude no solo son insuficientes sino marcadas por los intereses y visiones de sus autores, algunos de los cuales ni siquiera se conocen a ciencia cierta. Y no teme imaginar abiertamente lo que podría haber pasado, sobre todo en cuanto a Lucas, ese griego ajeno a las tradiciones judías sin el cual el cristianismo no sería lo que es hoy.

Al final, como era de esperarse, no logra responder su pregunta. En alguna parte lo dice sin ambages: “No, no creo que Jesús haya resucitado. Simplemente que eso pueda creerse, que yo mismo lo haya creído, me intriga, me fascina, me perturba. Escribo este libro para no creerme más, por no creerlo, que aquellos que sí lo creen. Escribo este libro para no darme la razón”.

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