El telón deacero: la destrucción de Europa del este 1945-1956

A las buenas o a las malas

Mauricio Sáenz reseña "El telón de acero: la destrucción de Europa del este 1945-1956" de Anne Applebaum.

2015/06/19

Por Mauricio Sáenz

Cuando ese soldado incógnito clavó su bandera en el techo del Reichstag, en abril de 1945, su famosa foto se convirtió en símbolo no solo de la victoria de la Unión Soviética, sino de su posición ventajosa frente a sus aliados norteamericanos, británicos y franceses. En efecto, el Ejército Rojo no solo controlaba buena parte de Alemania, sino que se había apoderado de toda Europa oriental, donde la guerra había sido particularmente sangrienta y destructiva. Bulgaria, Rumanía, Checoeslovaquia, Hungría y Polonia se convertirían muy pronto –ante cierta indiferencia de las potencias occidentales- en satélites de la URSS. Estaba a punto de comenzar la guerra fría.

La historia es conocida, pero pocos autores han descrito en detalle cómo hicieron los rusos para que en solo cinco años esas sociedades hostiles a la Unión Soviética, agrícolas, conservadoras y religiosas, se convirtieran en una réplica fiel de ese Estado industrializado, comunista y ateo. Ese es el propósito de Anne Applebaum en El Telón de Acero: la destrucción de Europa del este 1944-1956, una investigación minuciosa tachonada de no pocas entrevistas con sobrevivientes.

Applebaum sostiene que Stalin estaba decidido a relanzar la revolución mundial desde esos países. Para ello, detrás de sus tropas llegaban funcionarios coloniales bien entrenados, que regresaban tras años en la Unión Soviética e incluso tenían doble nacionalidad. Su primera tarea era crear de cero, instituciones “democráticas”, ante todo fuerzas de policía, pero también escuelas, juzgados, bancos, administraciones públicas…

Sorprendentemente, al comienzo ellos y sus jefes del Kremlin estaban convencidos de que los proletariados locales legitimarían su poder en elecciones libres. Pero las masas les propinaron derrotas humillantes, por lo que en un principio tuvieron que compartir los gobiernos con partidos “burgueses”. Eso era inaceptable: para Moscú, la gente sencillamente era demasiado ignorante para entender las verdades científicas de la dialéctica marxista, y actuaba bajo la influencia de agentes imperialistas. Su veredicto no era confiable: se necesitaba mano dura para sacarla de su error.

Y esa mano dura se manifestó más allá de las instituciones políticas. Toda iniciativa independiente era sospechosa, y las transgresiones más inocentes acarreaban duras sanciones, e incluso destierro y cárcel. El manejo repetitivo de los medios de comunicación, en especial de la radio, la lenta y silenciosa toma de los partidos y las instituciones civiles y la erradicación de las voces disidentes presagiaban el resultado. Casi sin darse cuenta, esos pueblos antes orgullosos de su independencia, quedaron bajo el estalinismo en pleno: planes quinquenales, delaciones, arrestos a media noche, juicios públicos por traiciones impensables, y la letanía interminable de adulaciones, cada vez más alejadas de la realidad.

Applebaum documenta cómo la mayoría de la gente terminó por plegarse al invasor porque no estaba en condiciones de resistir. No solo por el colapso moral tras la conflagración, sino porque el poder de la URSS parecía invencible. Con relatos de vida, la autora narra las vicisitudes de esos habitantes que, tras seis años de guerra con penalidades indescriptibles, estaban dispuestos a todo por recuperar una vida normal. Hasta pintores prestigiosos decidieron entregarse al realismo socialista solo para poder volver a usar un pincel, y poetas y músicos debieron plegarse al manejo unívoco del futuro soviético, temerosos de quedar relegados a la trastienda de la historia.

El efecto fue tan profundo, que esa situación sobrevivió casi cuarenta años a la muerte de Stalin en 1953, a pesar de que la retórica oficial del progreso socialista era cada vez más fantasiosa. Solo cuando Gorbachov se negó en 1989 a seguir sosteniéndolos a punta de tanques, los regímenes comunistas de Europa oriental dejaron de existir.

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