Mauricio Sáenz.

'Historia de la mafia': la sociedad del delito

"A lo largo de esa historia resultan conmovedores hasta las lágrimas los esfuerzos de muchísimos funcionarios honrados e idealistas que lucharon contra esa fuerza omnipresente y oscura, casi siempre con resultados trágicos". Reseña del libro 'La historia de la mafia' por Mauricio Sáenz.

2016/06/28

Por Mauricio Sáenz

El crimen organizado amenaza a la sociedad como una contracultura en la que desaparecen valores como honradez, trabajo duro y respeto por los demás. En ese inframundo donde la maldad se impone, el poder y el dinero provienen de delitos como extorsión, sicariato, secuestro, tráfico de personas y de drogas, proxenetismo, contratación oficial corrupta, asaltos, robos, torturas…

Muy pocos países se salvan de sufrir esa clase de delincuencia, y Colombia por supuesto no está entre ellos. Sin embargo, en ninguno el fenómeno adquirió una dimensión tan dramática como en Italia, al punto de que una palabra de su idioma se convirtió en el concepto genérico en el mundo: la mafia.

Todos identifican el vocablo, pero pocos conocen cómo se conformaron esas sectas criminales primigenias en el sur de la península itálica. Romper esa ignorancia y acabar con muchos mitos, como el de su supuesto idealismo, es el propósito del historiador escocés John Dickie en sus libros Blood Brotherhood y Mafia Republic, presentados en español en un solo volumen titulado Historia de la Mafia.

No se trata de una organización, sino de tres: La Mafia propiamente dicha, o Cosa Nostra, de Sicilia, la Camorra de Nápoles y la ‘Ndrangheta, de Calabria. Cada una tiene su propia historia y sus diferencias, aunque todas aparecen junto con la creación del moderno Estado italiano, en los años sesenta del siglo xix.

Más que una coincidencia, es una confluencia de factores. La Camorra se gesta en las cárceles de Campania, donde hampones coinciden con liberales del Risurgimento, presos políticos (muchos de ellos masones) que luchaban por unificar a Italia bajo un régimen republicano. De ellos aprenden la mística, el sentido de la lealtad y el secretismo ritual para crear “sociedades de honor” que enmascaran una criminalidad sin atenuantes. La Mafia siciliana, en cambio, surge de la reacción de los prósperos agricultores de los cítricos contra el régimen autoritario que quieren imponerles desde Roma, aunque pronto derivan hacia el delito. Y la ‘Ndrangueta calabresa, verdadero misterio hasta bien entrado el siglo xx, aparece por influencia de los camorristi y se configura como la más ritual y jerárquica, una versión campechana pero no menos violenta que sus hermanas.

Todas ellas florecen en circunstancias que suenan conocidas: el colapso del orden por la transición política, la proliferación de oportunidades de enriquecimiento ilícito, en especial en la contratación pública, y la ausencia de instituciones fuertes. Y lo que suena aún peor, la llegada de la democracia. En efecto, con ella los capos se convirtieron en factores de poder, capaces de comprar votos por dinero o por la fuerza, de intimidar adversarios o de hacer negocios con políticos corruptos, mientras se escudaban en las garantías legales para entorpecer los procesos en su contra. Esos factores, sumados, les permitieron crecer hasta imbricarse en forma ininteligible con vastos sectores, hasta constituir una especie de “Estado dentro del Estado”.

A lo largo de esa historia resultan conmovedores hasta las lágrimas los esfuerzos de muchísimos funcionarios honrados e idealistas que lucharon contra esa fuerza omnipresente y oscura, casi siempre con resultados trágicos. Es la saga de quienes, sorprendentemente, tuvieron que demostrar la existencia misma de las mafias, que hasta bien entrado el siglo xx era materia de discusión: personajes como los jueces Paolo Borselino y Giovanni Falcone, que entregaron su vida en 1992, plenamente conscientes de que ese sería su destino.

Como consecuencia de sus sacrificios y de los esfuerzos de la institucionalidad italiana, hoy por hoy esas organizaciones están disminuidas y a la defensiva, si bien su desaparición definitiva sigue siendo una quimera. Al fin y al cabo, muchas generaciones se han nutrido de esa contracultura criminal en la que vale todo, hasta el asesinato, para conseguir los fines más prosaicos.

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