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Un mudo y un callejero contando la historia patria

Camilo Hoyos reseña 'La ruidosa marcha de los mudos', una novela que relata los días fundacionales de nuestra patria desde una perspectiva que seduce y atrapa por su complejidad literaria.

2015/10/23

Por Camilo Hoyos

José María Caballero, “mudo comerciante devenido miliciano”, “exservidor fiel de los patriotas del Observatorio; antiguo subteniente de milicias en el ejército de Nariño, hermano de la india chichera sindicada de volar el parque de artillería y homicida secreto de un malnacido apuñalado en Pasto, carajo”, es el personaje principal de la última novela de Juan Álvarez (1977), La ruidosa marcha de los mudos. Caballero es un mudo que se desenvuelve entre los protagonistas centralistas y federalistas durante el sacudón de 1810 del virreinato del Nuevo Reino de Granada (es decir, la Independencia), siendo asimismo testigo del auge y posterior condena y enjuiciamiento de los próceres Nariño, Caldas y Torres durante el período de la Reconquista. El mudo Caballero es quien observa la historia y la escribe en el diario que siempre le acompaña y le sirve de “cuaderno de habla” para comunicarse con los demás. Un mudo que escribe en un ruidoso silencio del cual el narrador nos hace partícipes. Esta dupla, personaje y narrador, hace de esta novela una de las más interesantes y llamativas que se hayan publicado recientemente.

No es una novela que instaura las vidas ejemplares de los próceres de la patria: es todo lo contrario. Es una novela que narra la historia vista por un mudo dueño de una chichería (donde se cocían siempre asuntos populares) y medio hermano de una indígena. Lo marginal del personaje es lo que permite contar la historia no oficial y por tanto verdadera de la patria. Es a partir de esta voz que conocemos los ires y venires de una chichería a comienzos del siglo XIX, el episodio de Llorente, la Independencia, las pugnas y cuitas entre Torres y Nariño, así como la llegada de Pablo Morillo y su orden pacificadora. Es tanto lo que Caballero observa y escribe que, presumimos, de allí el título de la novela, un endecasílabo que lo hace tan sonoro y atractivo: la escritura del mudo como la “ruidosa marcha” de la Historia. Nos da una versión distinta de la oficial, narrada con ímpetu, detalle y originalidad, machacando así los discursos ideologizantes y nacionalistas. No en vano, en las últimas páginas de la novela, dice Caballero: “Los mismos nuestros son los peores y nadie es la patria”.

La ruidosa marcha de los mudos puede ser una de las mejores novelas publicadas recientemente en Colombia gracias a este hilarante y picaresco narrador, chabacán, burletero y urbano, con cierto aire punk avant la lettre, que nos habla en un español con impronta decimonónica, que Álvarez no solo conoce a la perfección sino que además sabe jugar con él y seducir al lector. Muy pocas novelas históricas son tan valientes como para narrarse lingüísticamente en el estilo histórico que corresponde a la época que retratan. Este gran narrador, del que nunca sabemos absolutamente nada, logra algo insólito: acercar su español al nuestro a través de una cadencia que ya difícilmente nos pertenece. Es como si el narrador creara un español a caballo entre el siglo xix y xxi para contarnos de nuevo la historia de la nación: la riqueza lingüística de la novela es algo sobre lo que se hablará mucho. Allí, se pueden encontrar palabras como “birbirloque”, rasgos del español oral y popular de comienzos del xix bogotano como “Acá’sta tienda mueve pueblo” o “Los qu’empinamos chicha hoy acá”; frases de tremenda actualidad como “Federalista o carraco podía sacarlo de la tienda con una patada en el culo”, “Baraya y sus oficiales se timbraron” o “Nariño se ofende mal”. Por último entre muchas, antes del ataque a la ciudad dice el prócer Nariño a las tropas: “Hagámosle, que me entraron ganas del pan fresco que hacen en Pasto”.

La novela de Álvarez relata los días fundacionales de nuestra patria desde una perspectiva que seduce y atrapa por su complejidad literaria. Como si fuera poco, lo hace con el peso del español del siglo xix a sus espaldas: hace de la Patria Boba (aunque nunca en las páginas la llama así) una disculpa picaresca y burlona para volver sobre la historia. Es una novela sencillamente imperdible.

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