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El científico y la historia

Steven Weinberg es uno de los científicos más importantes del mundo, ganador del Nobel de Física en 1979. Mauricio Sáenz reseña su libro 'Explicar el mundo: el descubrimiento de la ciencia moderna'.

2015/11/20

Por Mauricio Sáenz

Steven Weinberg lo admite en la primera frase cuando dice: “Soy un físico, no un historiador”. Con esa advertencia, nadie puede llamarse a engaño al emprender la lectura de Explicar el mundo: el descubrimiento de la ciencia moderna: lo hace a su propio riesgo.

Pero no porque al autor le falten credenciales: se trata de uno de los científicos más importantes del mundo, ganador del Nobel de Física en 1979. Es nada menos que uno de los creadores del modelo estándar, el esquema de la mecánica cuántica mediante el cual la ciencia explica –o trata de explicar– la existencia e interacción de las partículas y fuerzas fundamentales que conforman toda la materia que existe en el universo. Es un auténtico peso pesado.

Weinberg comienza con los antiguos griegos, los precursores de la física cuando era inseparable de la filosofía. Se trata de personajes como Tales de Mileto o Platón que, como los científicos modernos, buscaron una realidad invisible común a todas las cosas. Pero como ninguno de ellos se molestó en tratar de demostrar sus afirmaciones apriorísticas (que el mundo estaba hecho de agua, de fuego, de aire, de éter…) por medio de la experimentación, Weinberg no duda en considerarlos esnobs intelectuales y en calificarlos más bien de poetas.

El autor sigue entonces con los griegos helenísticos, para Weinberg más aceptables en cuanto se pusieron metas realistas, como Eratóstenes, el primero que intentó calcular la circunferencia de la Tierra.

Luego vienen la Edad Media, cuando Europa cayó en el oscurantismo y “se avanzó más bien poco”, los árabes, que conservaron la memoria de los antiguos griegos y contribuyeron ellos mismos con avances en la astronomía y las matemáticas, para llegar por fin a lo que llama la revolución científica de los siglos xvi y xvii, protagonizada por Copérnico, Johannes Kepler, Galileo y, sobre todo, por Isaac Newton. Solo entonces, dice Weinberg, comenzó a despuntar la ciencia como él la conoce: “Con algunas excepciones brillantes de los griegos, la ciencia anterior al siglo xvi me parece muy diferente a la que yo trabajé. Después del siglo xvii me siento en casa”.

Es que Weinberg nunca cambia su bata de científico por el suéter de historiador. Por eso el libro, impresionante en su erudición, no le da la menor importancia al principio, imperante en la historiografía actual, de tratar de explicar lo sucedido dentro de su propio contexto.

Weinberg rechaza esa aproximación y no trata de descifrar el mérito de sus antecesores, ni el ambiente de cada época y cultura, en entornos complicados, cuando no hostiles. Por el contrario, no tiene problema en juzgarlos en términos de qué tanto acertaron. Platón le resulta “aburrido”; Aristóteles, “tedioso”; Galileo, en ciertos aspectos, “atrasado en relación con su tiempo”. Bacon y Descartes salen particularmente mal calificados.

Además, para un libro que dice tratar del “descubrimiento de la ciencia”, el énfasis en la astronomía es exagerado mientras la biología y la química casi no aparecen. Y como físico que es, Weinberg entra en tantos detalles que a veces el texto se torna de una densidad solo manejable por lectores especializados. La cosa llega a tanto, que dedica las últimas cien páginas a “notas técnicas” reservadas, creo yo, a aspirantes secretos al Nobel.

Con todo, las reflexiones del epílogo parecen compensar con su humildad la arrogancia del resto. Weinberg, finalmente, confiesa que los esfuerzos por explicar el mundo pueden resultar inútiles, por lo que tal vez seguiremos perdidos en un universo demasiado complejo como para querer explicarlo: “Quizá lleguemos a un punto en el que, con los recursos de nuestra especie, ya no podamos seguir avanzando. Quizá los humanos no seamos lo bastante inteligentes para comprender las leyes realmente fundamentales de la física”.

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