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La cárcel desnuda

Jorge Carrión reseña la serie 'Orange is the New Black'.

2015/08/21

Por Jorge Carrión

La modulación del humor y de la tragedia en Orange is the New Black cuenta con pocos antecedentes. En el ambiente de Oz o de Prison Break, un personaje colectivo de presas, muchas de ellas lesbianas, ensaya un coro de voces que remiten tanto al poshumor de Louie como a la desestructuración familiar y étnica de Modern Family, con la irreverente tristeza de fondo de Arrested Development. En el capítulo séptimo de esta tercera temporada, la mejor hasta la fecha, se da la clave de todo. Internet ha acabado con los raros, nos explica un personaje, ahora hasta el que tiene relaciones amorosas con su tostadora puede conectarse y encontrar a sus iguales. Eso hace precisamente Netflix: analizar el Big Data de sus abonados, descubrir nichos en que el erotismo entre féminas, la cárcel sin barrotes o la fealdad de todos nosotros tienen su audiencia. Una audiencia que responde entusiasta ante iconos como Laverne Cox, la actriz transexual, o Ruby Rose, DJ, modelo y actriz, de sexualidad líquida. ¿En qué momento y por qué la fórmula que resulta de un buen estudio de mercado se convierte en narrativa de alta calidad?

Hemos pasado de la jerarquía de las temporadas anteriores, con  Figueroa, Caputo y Healy al mando (relativo), a la horizontalidad difusa y falsa de la corporación que ha comprado la cárcel. Si el mal ya nos parecía banal cuando se encarnaba en ellos, con el nuevo personaje, Danny Pearson –irónico nombre para el jefe de Actividades humanas–, un desaliñado individuo que parece no tomar decisiones pero en realidad ejecuta implacable, tontamente las que le llegan de instancias superiores, esa banalidad maligna alcanza niveles hilarantes que nos ponen la piel de gallina. Porque si tomo la categoría de análisis de Hannah Arendt no es por capricho: el mundo que retrata Orange is the New Black no es ni mucho menos el del nazismo exterminador, pero produce escalofríos por su cercanía con nuestra realidad perversa de baja intensidad, con las corporaciones empresariales en un extremo y la precariedad laboral en el otro.

En toda la temporada el humor trabaja en dos planos del tabú: los chistes sobre judíos y los chistes sobre la esclavitud afroamericana. No hay credo que no sea desenmascarado o criticado: los católicos, las sectas new age, los amish, la literatura, la propia libertad de expresión. Ningún lugar es sagrado. Matrix se pixela por momentos. Healy y Red han flirteado durante los capítulos anteriores, pero ella ha dado un paso en falso, ha revelado que lo estaba manipulando, porque su objetivo es regresar a la cocina. Él está herido. Entonces la rusa enseña sus cartas: “¿Crees que nuestra relación es normal?”, le espeta, “¿De un ser humano a otro?”. La cárcel se desnuda. En las dos primeras temporadas: de barrotes, de convenciones narrativas, de tragedia sin comedia. En esta tercera, también de protagonista: los flash backs que reconstruyen el pasado de personajes hasta ahora absolutamente secundarios son de una tremenda fuerza narrativa; no solo demuestran que la protagonista blanca es innecesaria, sino que su responsabilidad se puede repartir, democráticamente, en una atmósfera de personajes, todos ellos prescindibles (en cualquier momento pueden desaparecer en el pabellón de máxima seguridad).

Estados Unidos ha legalizado, al fin, el matrimonio homosexual. La reforma sanitaria de Obama ha tenido, finalmente, el apoyo del Tribunal Supremo. Pero las armas. Pero las cárceles. Pero el extremismo religioso. Pero tantos peros para seguir contándolos.

Lea también: "OITNB ayuda a las mujeres a que se quieran por como son". Entrevista con Nick Sandow (Joseph Caputo).

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