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Paisaje fracturado

Pedro Adrián Zuluaga reseña 'Sueño de invierno' de Nuri Bilge Ceylan

2015/08/21

Por Pedro Adrián Zuluaga

Sueño de invierno (2014) empieza con un gesto brutal e inesperado: una piedra rompe el vidrio de la ventana de un carro en el que viajan el propietario de un hotel en Anatolia central y su servil asistente. El bucólico paisaje nevado, con sus inflexiones románticas, es fracturado con este acto que es solo el anuncio de rupturas más profundas que el director turco Nuri Bilge Ceylan se va a dedicar a exponer en las tres horas y quince minutos que quedan por delante.

Aydin, el dueño del hotel, es un envejecido exactor que vive en un encierro autoimpuesto en compañía de su alterada esposa y una hermana recién divorciada, dedicado a escribir una historia del teatro turco y a perpetrar columnas de opinión para el diario local. En síntesis, un intelectual como el de otras películas de Ceylan, atrapado en su propia arrogancia y cercado por inconsistencias de las que ni siquiera es consciente. La piedra que rompe el cristal es lanzada por un niño, hijo de una humilde familia que vive en una propiedad del mismo Aydin y que tiene problemas para pagar el arriendo. La colisión de dos mundos, que alcanza su clímax más explícito en la pedrada, atraviesa la película como una corriente subterránea de sentido.

¿Cuáles son esas realidades irreconciliables cuyo choque será el combustible de la narrativa de largo aliento que emprende el director? En largas e intensas secuencias bellamente iluminadas Ceylan muestra los conflictos entre el aparentemente cálido y cómodo intérieur burgués (“platea asomada al teatro del mundo” como escribió Benjamin) y el mundo de afuera, conmovido por la precariedad material, el fanatismo religioso o las demandas del instinto. Pero el director, como ya lo hacía en Los climas (2006, estrenada en Colombia), está lejos de idealizar al grupo de personajes gobernado por la razón y protegidos por el barniz de la cultura y la autorreflexión. Aydin, su esposa y su hermana, están interiormente fracturados. Los potentes y extensos diálogos, filmados con frecuencia en planos y contraplanos, se pasean de forma contundente por una crisis que es más que un conflicto familiar o conyugal.

Como los personajes del sueco Ingmar Bergman, los protagonistas de Sueño de invierno son hombres y mujeres en busca de sentido y no solo de amor. Su tragedia es no poder encontrar una solución que resuelva los asedios simultáneos de la materia y el espíritu, la razón y la fe. Incapaces de llegar a ese equilibrio, los tres protagonistas no pueden hacer otra cosa que herirse entre ellos, renovando con creces la sentencia de Sartre: “El infierno son los demás”.

El séptimo largometraje de Ceylan, ganador de la Palma de Oro en Cannes, es una pieza maestra. También es una obra de madurez sobre personajes en el otoño de sus vidas o que sufren el estancamiento emocional y la inacción: el cansancio de Oblómov o de los antihéroes chejovianos se traslada con toda naturalidad a las hermosas estepas turcas. La referencia a Shakespeare, explícita desde el propio título de la película, cierra un círculo de referencias que puede resultar excesivamente elevado. Pero ese “cultismo” es solo la superficie de una película que en todo lo demás baja al fango de experiencias cotidianas y universales, y se revuelca en ellas, en ocasiones con morbosa fruición.

La sobriedad de la puesta en escena pone un freno a la afilada crueldad con que los personajes se revelan: todas las conversaciones convergen en la intención de astillar al otro, incluso cuando se le quiere proteger. Ceylan le agrega a ese torrente de palabras una aguda capacidad para observar gestos y acciones que descifran el comportamiento social y psicológico. Su cine, que empezó con películas “familiares” hechas con unos pocos buenos amigos, alcanza con Sueño de invierno la dimensión del mejor arte: una forma de conocimiento que revela las distancias entre el ser ideal y el real, entre lo que deseamos y lo que somos.

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