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El fantasma de la telenovela

Jorge Carrión reseña 'Master of Sex' una serie de televisión estadounidense que cuenta los orígenes de la mujer emancipada y moderna.

2015/10/23

Por Jorge Carrión

Para los seguidores de Mad Men en particular, Masters of Sex significa continuar en la misma época y en el mismo nivel de guiones sofisticados y puesta en escena preciosista. Para los seguidores de Showtime en general, la serie sigue la misma evolución que otras que también pusieron el sexo en primer plano, como Californation: un progresivo enfriamiento, una imparable y antierótica mecánica de los cuerpos. Pero esta tercera temporada de la serie ha estado dedicada sobre todo a los seguidores de The Good Wife: no solo encontramos en Masters of Sex los orígenes de la mujer emancipada y moderna, profesional más allá de la familia –esa independencia femenina que permitirá la existencia de personajes como Alicia Florrick y, sobre todo, Diane Lockhart– sino que también accedemos a la rueda del karma de uno de sus personajes. Will Gardner murió tiroteado en The Good Wife, pero el actor que lo encarnó, Josh Charles, aparece en Masters of Sex con la misma cara de seductor sin ganas y el mismo peinado, en la piel del millonario Daniel Logan, para volver a poner a prueba la resistencia de una pareja. Y triunfar de nuevo.

Esta temporada comienza con un acertado salto temporal de cuatro años. Estamos en 1965 y Will y Virginia, tras nueve años de investigación en la dimensión fisiológica del sexo, tras graves problemas con la academia y tras la decisión de abrir una clínica por su cuenta, van a publicar su primer libro. Un volumen revolucionario. En el primer capítulo nos queda claro que Libby, la esposa de Will, es consciente de ser el vértice débil de un triángulo estable. Y que tanto Virginia como Will son tan brillantes como investigadores como monstruosos como padres. Pronto irrumpe Logan, que se involucra en un estudio de cómo los perfumes y las feromonas nos hacen reaccionar sexualmente, y seduce paulatinamente a Virginia. El flirteo y las reacciones de Will funcionan a la perfección como elementos dramáticos. Pese a que encontremos tramas secundarias vinculadas con la homosexualidad, con la fama, con la siempre terrible adolescencia, con las ventas de libros, con la negociación del próximo título, con un equipo de béisbol, con la muerte de la vecina, con la aventura de Libby con el vecino viudo, con Las Vegas y hasta con la vida sexual de los primates, todo se sostiene en los pilares de esos dos triángulos amorosos.

En los últimos años han proliferado series que abordan un tema nuevo en la tradición realista: la ciencia y la tecnología no como telón de fondo, sino como auténticos protagonistas. En The Knick es el avance de las técnicas médicas en el cambio del siglo xix al xx; en Manhattan, la gestación de la bomba atómica en los años cuarenta; en Halt and Catch Fire, el nacimiento en los ochenta de la informática portátil. Los procesos creativos, la innovación, la experimentación, que hasta ahora eran exclusivos de la ciencia-ficción (recordemos Fringe), son arqueológicamente reconstruidos. No obstante, lo que se observa tanto en esta tercera temporada de Masters of Sex como en las otras obras que he mencionado es que la ciencia resulta siempre menos interesante que el material humano. En otras palabras: lo que sostiene el arco narrativo es la infidelidad de Libby y, sobre todo, el triángulo amoroso de Masters, Jonhson y Logan. En la serie de la segunda década del siglo xxi, por tanto, penetra la telenovela de toda la vida. La narrativa sofisticada convive con el melodrama clásico. El Big Data no tiene sentido sin el storytelling.

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