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Esto apenas comienza

Mauricio Sáenz reseña "Smart. Internet(s): La investigación" de Frédéric Martel

2015/03/27

Por Mauricio Sáenz

Thomas Friedman decía en su libro de 2005 La tierra es plana que el mundo había perdido su curvatura, entre otras cosas, porque internet había borrado las fronteras, las distancias y hasta las lenguas, y había comenzado a uniformizar a la humanidad a imagen y semejanza de su patrón, Estados Unidos.

Friedman no estaba solo. De hecho, esa idea imperaba a partir de la última década del siglo xx. Pero hoy ya no es tan cierta, como demuestra el analista francés Frédéric Martel en su nuevo libro Smart. Internet(s): La investigación. Sostiene que, sobre todo desde la llegada de los smartphones, hay muchos internets, en plural y sin mayúscula, y la tan mencionada globalización es apenas una de sus potencialidades.

Martel viajó a más de 50 países, entre ellos Colombia, para investigar cómo se perciben, se usan, se aprovechan y se desarrollan alrededor del planeta las herramientas que brinda internet. Y llegó a conclusiones inesperadas. Una de ellas es que tiene una dimensión territorial muy definida, aunque no referida necesariamente a un espacio geográfico. En efecto, hoy es posible contactarse con los antípodas, pero esos diálogos orbitales son minoría: la gente se comunica más con un vecino de barrio que con alguien en la Cochinchina. Y si hace esto último, es porque su interlocutor pertenece a su comunidad, por nacionalidad, idioma o aficiones comunes. El diálogo global no existe, pues está determinado por esa territorialidad, física o conceptual.

Eso no quiere decir que no haya gran cantidad de contenidos globales que permiten, por ejemplo, que millones de personas observen por YouTube el mismo video de Gangnam Style. Pero esa es en realidad una mínima parte del internet que consumen esas multitudes. Hoy la gente lo usa para fines ligados a lo local. Y lo que es aún más interesante: un internet territorializado es mucho más disruptivo, como estamos experimentando en Bogotá y decenas de ciudades con el debate de los carros Uber.

Así, aunque Facebook tiene más de 1.000 millones de usuarios alrededor del mundo, sus cuentas solo incluyen a sus personas más próximas: “Las conversaciones no son globales, y no lo serán jamás”. Google Maps, sin ir muy lejos, sirve más para encontrar una dirección en la propia ciudad que en el extranjero. En fin, para Martel, si internet se expandió fue por su contacto con las vidas cotidianas. Tanto es así que no existe un mercado publicitario mundial y, por ejemplo, Google firma en cada país los contratos con anunciantes locales.

Y los gobiernos no se han quedado atrás. Por eso la hegemonía de Estados Unidos, sin desaparecer del todo, dará paso a un internet más multipolar, descentralizado y fragmentado. No solo por el efecto negativo del caso Snowden sobre la confianza en ese país como depositario de la mayor parte de la arquitectura del sistema. También por el esfuerzo de muchos gobiernos por reafirmar un concepto de soberanía ligado a un cada vez más utópico “patriotismo económico”.

Eso explica los internets emergentes, con sitios como Yandex y VKontakte, los Google y Facebook de Rusia; Mxit, el equivalente de Whatsapp en Sudáfrica; Cloob, el Facebook de Irán, … sin mencionar a China, en la cual florecen Baidu, el equivalente de Google, Alibaba (eBay), Tmall (Amazon), Weibo (Twitter), entre otras.

Por supuesto hay muchas más cosas en este libro, como las mutaciones sufridas por medios tradicionales, como la televisión al entrar en contacto con internet. En todo caso, hay que leerlo pronto y rápido. Al fin y al cabo su tema es tan fluido que a lo mejor ya estará desactualizado al terminarlo. Pero no se preocupen. Fiel a su postulado de que en internet no hay productos acabados, sino en permanente proceso, el autor ofrece una página web en la que lo actualiza. Este libro no termina. Como internet, apenas comienza.

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