Sobre el dragón del abismo.

Apariciones y espectros

Álvaro Robledo reseña "Sobre el dragón del abismo" de Izumi Kyoka.

2015/05/22

Por Álvaro Robledo

Tiempo después de su posesión en 1868, el joven emperador Meiji les escribía a sus daimy (señores feudales): “Japón debe abandonar la actitud de la rana que contempla el mundo desde el fondo del pozo”. Con esto le hacía caso a la imposición que, en cabeza del comodoro Matthew Perry (quien había llegado a las costas del archipiélago a bordo de sus negras naves), le había hecho el gobierno de Estados Unidos: el Imperio del Sol Naciente tenía que abrir sus puertas al mundo occidental, un imperio-dictadura militar que había gobernado durante más de siete siglos. Con la llegada de Occidente y de la rápida modernización, los japoneses comenzaron a tener una nueva manera de habitar el mundo: no solo palabras como ferrocarril, telégrafo o barco de vapor entraron dentro de la gramática nipona, sino palabras de hondo calado que antes no existían para ellos: amor, individuo, soledad.

Los hombres y mujeres de la Restauración de Meiji empezaron a vestirse con trajes de tres piezas e incómodos vestidos que seguían la moda victoriana. La vieja sociedad samurái fue despojada de sus espadas y de las coletas de pelo que los distinguían del resto de habitantes. Llegó la luz eléctrica y los vicios de Occidente. Uno de estos habitantes fue Izumi Kyoka (1873-1939), autor del libro de relatos Sobre el dragón del abismo (Satori, 2015), que reúne cuatro de sus cuentos esenciales.

Considerado el Edgar Allan Poe del Japón, nos sumerge en un mundo de fantasmas, apariciones y espectros, que quizás eran las voces que extrañaba del antiguo Japón: las voces de sus abuelos y de su madre muerta cuando aún era un niño. Muchos críticos concuerdan en que gran parte de la obra de Kyoka es una larga carta a su madre, con quien se comunica, a través de la palabra escrita, en el más allá. Por estas razones ha sido también calificado como el gran escritor romántico del Japón. Yukio Mishima, quien no lo quería mucho, lo dice mejor: “Por creer fervientemente en las palabras y en los espíritus, Izumi Kyoka rivaliza con el mismo E. T. A. Hoffman en la pureza de su romanticismo”.

El mundo en el que nos adentra su literatura no es lejano tampoco, del de Lewis Carroll: en el relato que le da título al libro, un muchacho hace caso omiso a las advertencias que le hacen de no alejarse de los confines de su pueblo, y por desatenderlas es picado por un ominoso insecto que le abrirá las puertas de un mundo delirante y sobrenatural. En todos los cuentos está la prevención natural hacia un universo desconocido que, en últimas, representaba la llegada de Occidente, sumado a un deseo poderoso de hacer prevalecer los valores antiguos, en su caso, los valores del budismo.

Los ideales victorianos que llegaron con las negras naves traían consigo la idea de un progreso antropocéntrico que mucho le molestaba a Kyoka: la dominación a cualquier costo de la naturaleza, el maltrato animal para favorecer a los hombres, el desmadre salvaje de la teoría del mercado, que llegará hasta sus últimas consecuencias en la loca carrera armamentista que vivió Japón antes de entrar en la Segunda Guerra Mundial, un par de años después de la muerte del autor.

Entonces, ese mundo natural, agrario, si se prefiere, se había derretido entre rascacielos, cemento y líneas del tren. Hasta el último momento, Kyoka siguió luchando contra esta realidad, quizás comunicándose con su madre, quien sembró en su pequeño hijo la semilla de la compasión: “(…) entonces descubrí que ya sean pájaros, bestias, o ya plantas o árboles, insectos o setas, todos se parecen a los humanos. Es tan divertido y espléndido que no hay nada comparable. Sin embargo, cuando pensaba lo que mi madre había tenido que sufrir para llegar a esta conclusión, me deprimía”.

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