Cabe aclarar que Mucho Indio no es uno de esos discos que venden con la aburrida etiqueta de “música para meditar” ni mucho menos es una fachada para hacer filantropía hippy. Si usted se mete en el cuento, sin ninguna prevención, de seguro penetrará en regiones muy sensibles donde la música, además de conmover, sana, sosiega y nos transporta a ese pasado indígena que solemos tratar con desdén. De hecho, no es gratuito el título del disco que apela, con bastante ironía, a esa odiosa expresión popular que durante años ha servido para insultar a alguien ordinario, de malos hábitos y poca educación. ¡Y que tire la primera piedra al que no se le haya salido de la boca el estúpido agravio!
Desde la música ritual del pueblo Cubeo, proveniente del Vaupés, hasta melodías cotidianas entonadas originalmente por los arhuacos en la Sierra Nevada de Santa Marta, Mucho Indio es una suerte de mantra articulado en once cortes donde prevalecen los sonajeros, las flautas, las gaitas, las percusiones, los susurros, los cantos lánguidos y unas calculadas dosis de guitarra y electrónica que Ocampo mimetiza de tal manera que el encuentro de sonoridades tan disímiles no es traumático ni suena forzado. Tal es el caso de “Llehue”, un canto arhuaco a la lluvia en el que el acordeón, los arcos de boca y los pitos adquieren otra dimensión a través de distorsiones y pedales manipulados por el guitarrista Richard Blair, un viejo compañero de camino, que mezcló con bastante ingenio el disco.
Concebido entre Bogotá, Nabusímake (Sierra Nevada de Santa Marta), Calderas (Cauca) y Punta Gallinas (Guajira). Mucho indio es la declaración de principios de un músico que, repetimos, opta por el silencio. Ese estado que le permite escuchar con cuidado desde la cacofonía bogotana hasta los sonidos primordiales, esos a los que, aunque suene gastado, deberíamos volver de vez en cuando.
Valor agregado: el arte del librillo alude al graffiti callejero y, si se quiere, es también un homenaje póstumo a Diego Felipe Becerra, el chico que murió en extrañas circunstancias cuando pintaba una pared. Es más, la portada es un stencil que usted puede utilizar si quiere… y si se arriesga a que le den un tiro por la espalda.
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