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Retrato de una herida abierta

"Mariposas Negras" de la directora Paula van der Oasten.

Carol Ann Figueroa reseña la película 'Mariposas Negras' de Paula van der Oest.

Por: Carol Ann Figueroa.
Publicado el: 2012-09-12

Dar forma al impulso que obliga a un artista a crear su obra ha sido siempre un gran reto para el cine, pues no existen imágenes que den cuenta del fenómeno, y suele tratarse de un proceso tan impredecible y fluctuante que incluso quienes lo viven tienen problemas para describirlo. Si el artista en cuestión se dedica para colmo a las letras, la cosa se complica más, pues el cine no es propiamente adorador de la palabra y salvo contadas excepciones, esta suele salir mal librada cuando asume el rol protagónico. Mariposas negras, de la directora holandesa Paula van der Oest, es una de esas excepciones. 

Una vista marina de infinita placidez se sacude con las palabras de la poetisa Ingrid Jonker y revela los abismos que se tragan la luz bajo la superficie, dándonos la bienvenida al desamparado universo que habita la protagonista. Su voz no es la de la mujer sudafricana cuyos poemas criticaron abiertamente el Apartheid, sino la de aquel ser adolorido que elaboraba un dictado punzante y recurrente para apaciguar la pena que le producía el rechazo de su padre, un hombre frío y distante, casi muerto, que no solo la negó durante su infancia, sino que al verla brillar entre los intelectuales sudafricanos de los años cincuenta, decidió estar a su lado solo para garantizar que naufragara, seguramente impulsado por el fastidio que debía de producirle la irónica coincidencia de tener una hija poetisa con posturas políticas contrarias a las suyas, mientras él ocupaba nada menos que el cargo de Ministro de Censura del Parlamento Africano.

La niña herida que jamás abandonaría a la mujer brilla en los ojos de Carice van Houten, actriz nominada al Oscar por esta interpretación que recorre la delgada línea que separa el drama lacrimoso de la catarsis, y nos sumerge en los senderos de una mente atormentada que reposa al pronunciar frases incoherentes cuya fuerza se revela mientras son escritas en un muro, componiendo una suerte de pintura que van Houten traza con elocuente soltura, girando el carboncillo sobre la pared blanca o deslizando la punta de su dedo sobre un cristal húmedo, en el que las palabras dibujan la solitaria derrota de su personaje.

Así, imágenes y palabras terminan amalgamadas en un gran cuadro del cual participamos dentro y fuera del lienzo, amén de la envolvente musicalización que nos regala la sensación de estar viviendo un momento de presente absoluto, en el que lo único que existe es la no permanencia de un instante creativo, y el frágil camino que nos conduce al siguiente.

Algo tendrá que ver el hecho de que quien dirige sea una mujer que además es escritora, pues aunque van der Oest da un espacio importante a las controversias obvias en la vida de Jonker como su libertad sexual, sus amantes y su paso por una clínica siquiátrica, evita la tentación de reducirla a esta suerte de “receta para crear un poeta maldito”, y más bien se dedica a jugar con la suspensión del tiempo en cada escena, buscando la manera precisa de retratar la génesis de sus ansias creativas y el proceso por el que conseguía domesticarlas.

No se trata de una película que partirá en dos la historia de los dramas biográficos, pero sí puede ser aquella que trace un antes y un después en el proceso creativo de quien sepa reconocer la atmósfera emocional y creativa que van der Oest plasma en el celuloide, y que gracias a la magia de la proyección desborda la pantalla.