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Said, El espejo roto de las culturas integradas o enfrentadas

Hernán Dario Correa reseña Humanismo y crítica democrática de Edward Said

2010/02/09

Por Hernán Darío Correa

Las culturas y las civilizaciones se convierten en interesantes no por su esencia o su pureza, sino por sus variaciones y su diversidad, por las contracorrientes que albergan, por la forma que han adoptado para establecer un diálogo convincente con otras civilizaciones” (49). De este modo Said aclara su perspectiva multicultural; devela el drama eurocentrista que se apoya en los clásicos de la literatura occidental para declararse superior desde la academia de los Estados Unidos, “la única superpotencia que queda”; y ejerce la tarea de escritores e intelectuales cuando “dan fe del sufrimiento y la persecución, dicen la verdad al poder y alzan la voz en los conflictos” (145), mediante tres luchas imprescindibles: protegerse de impedir la desaparición del pasado; construir campos de coexistencia antes que de batalla; y asumir como lugar provisional del intelectual “la esfera de un arte exigente, resistente e intransigente al que por desgracia no podemos retirarnos ni acudir en busca de soluciones; precario ámbito de exilio donde podemos comprender la dificultad que en verdad encierra lo que no se puede comprender y después continuar avanzando, y, pese a todo, continuar intentándolo” (165-170).

Todo con base en el humanismo o “estudio de lo que la humanidad hace”, como crítica, y la crítica como humanismo (“nada de lo humano puede ser ajeno”, si parte y se recrea en el exilio del lenguaje: “Hay que elaborar una teoría y una práctica de la lectura”, y hacerlo desde los puntos de partida de las diversas culturas más allá de las simplificaciones interesadas: “Yihad, en árabe, significa ‘ir a los fundamentos del texto’; no ‘guerra santa’, sino esfuerzo en esencia espiritual por alcanzar la verdad” –93–). Por eso la literatura debe ser punto de partida; y por eso hay que volver a la filología, como lo muestra el ensayo sobre Mímesis, el paradigmático libro sobre los ciclos de la palabra escrita desde Homero, la Biblia y el Corán; con una clave al mismo tiempo ética y estética: asumir el lenguaje en sus contextos históricos, y, ante todo, espaciales: salir al “encuentro, no sólo de heroicas tentativas de comprender el sistema en el plano teórico, que se ven terriblemente socavadas por su relativa negación de la intervención política real en las situaciones vitales por las que atravesamos como ciudadanos, sino de una u otra geografía, configuración o problemática específica, que es cuando se libran y quizás incluso se ganan las batallas” (165).

Así, en este espléndido último de sus libros, Said hace la crítica implacable de quienes sacralizan la tradición humanística de Occidente desde los púlpitos, la cátedra o los nuevos oficios tecnocráticos; y reafirma lo mejor de esa tradición, con su conmovedor ciclo vital: Palestino de nacimiento y juventud, profesor de Columbia University desde 1963 hasta su muerte en el 2003, encarnó con su periplo magisterial, de ensayista y ciudadano crítico, un brillante destino de exiliado “anfibio cultural”, que se quedó en “las entrañas del monstruo” (¡Martí dixit, otro exiliado que aún en la lucha directa se mantuvo en el lenguaje!), hasta revelarnos con la crítica que el universo de la literatura se define ante sí mismo en su diversidad, diálogo y cambio permanente, y no ante la historia universal de los filósofos de la totalidad. Said rompe así el espejo de Jomeini o Ben Laden, neojacobinos inventados por Occidente, antes que fundamentalistas islámicos, quienes vinieron desde el otro mundo para aprender el sectarismo que después aplicaron en su tierra, sirviendo en bandeja de plata el argumento descalificador de sus propias culturas vernáculas.

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