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Pero… ¿qué pasó?

"Hace años habría sido inimaginable pensar en la vida musical de Bogotá sin el protagonismo de la Luis Ángel Arango. Lamentablemente, esa tradición de aguda, oportuna y atinada programación es, desde hace años, cosa del pasado. ¿Por qué?"

2017/03/24

Por Emilio Sanmiguel

El pasado miércoles primero de marzo tocó en la Luis Ángel Arango el clavecinista Jean Rondeau (París, 1991). No asistí por motivos insalvables y presumo que me perdí de algo grande. No voy a pontificar si es o no el mejor clavecinista de su generación, pero sí puedo afirmar que es uno de los más interesantes. Tocó en la sala que tuvo por décadas como una de sus figuras estelares a Rafael Puyana (Bogotá, 1931 – París, 2013) que, en su momento, sí fue el primero del mundo.

Puyana y Rondeau se encuentran en el Fandango en re menor de Antonio Soler. El francés ha sido el único que ha logrado el milagro de tocarlo sin hacer de su versión una pálida copia del original, pues fue Puyana quien rescató la obra del olvido en el que estaba desde el siglo XVIII en un archivo musical de España.

Lo que me interesa es que se trata de algo renovador en la hoy rutinaria programación de la sala de conciertos del Banco de la República.

Hace años –demasiados diría yo– habría sido inimaginable pensar en la vida musical de Bogotá sin el protagonismo de la Luis Ángel Arango. Porque el recinto reunía –¿reúne?– características que eran la impronta de su talante, desde los artistas que desfilaban por su escenario, sin pasar por alto su acústica única y la seriedad de su organización, hasta –por qué no decirlo– el hecho de ser la única sala de conciertos que posee un órgano. No menos importante es su confort: allí los conciertos no son un sacrificio, sino una placer.

Lamentablemente, esa tradición de aguda, oportuna y atinada programación es, desde hace años, cosa del pasado. Sorprende, para decir lo menos, mirar los anales de su programación. Con recitales digamos que proféticos, como haber presentado a los ocho meses de la inauguración en 1966 a un Nelson Freire de 22 años, como si intuyeran que a la vuelta de unos años el pianista brasileño iba a estar en la selección de los 100 grandes pianistas del siglo XX.

En materia de figuras internacionales la lista tiene nombres de importancia: la Orquesta de cámara inglesa que dirigió John Pritchard en 1972, la orquesta Orpheus, el Beaux Arts Trio, los Niños cantores de Viena, la soprano Elly Ameling, la mezzosoprano Bianca Berini, los violinistas Ruggiero Ricci y Henryk Szeryng, los chelistas Paul Tortelier y André Navarra.

En materia de pianistas bastaría con citar a Michel Beroff, a Claudio Arrau, en dos oportunidades a Friedrich Gulda, a Rafael Orozco, a Antonio Baciero, a Witold Malcuzynsky y a Rudolf Buchbinder, que en 1984 tocó las Variaciones Diabelli de Beethoven en 1984. Su interpretación de las Goyescas de Granados de Joaquín Achúcarro en 1982 hizo historia, así como las 32 sonatas de Beethoven de Blanca Uribe. La lista también incluye a Martha Argerich que, contaba su empresario, puso a prueba la paciencia del público porque se fumó un cigarrillo en el camerino entre obra y obra… lujos de las grandes divas.

También pasaron por allí todos los grandes exponentes nacionales: el violinista Carlos Villa, la mezzosoprano Martha Senn, los pianistas Karol Bermúdez, Teresita Gómez, Andrés Linero, Pablo Arévalo, Pilar Leyva, Helvia Mendoza y un largo etcétera.

Lo de los últimos años no es ni sombra de ese pasado. Intentando entender ese fenómeno me reúno con Mauricio Peña, el director musical de la sala, y juraría que tiene idoneidad para estar en el cargo que ocupa y sabe argumentar… pero a la final me queda la certeza de que algo no funciona en el engranaje de la programación.

Lo que es un hecho es que la sala ya no es la de antes. ¿Qué pasó?

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