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Salsa a la bogotana

José Alejandro Cepeda reseña el álbum Salsa D.C.

2010/03/15

Por José Alejandro Cepeda

La salsa es un género que describe muy bien su nombre de pila. Efectivamente su sabor lo da una mezcla de ritmos como el mambo, el danzón, el guaguancó o el son cubano que se cocinaron inicialmente en el Caribe, utilizando ingredientes venidos de África y especies locales. Pero así como el género existe, como todas las músicas tardó en prepararse un poco: por ejemplo, primero el mambo tuvo que modernizarse y popularizarse en la década de 1950, para luego ser probado y aceptado masivamente en América y Europa. Aunque es más tarde, en la década de 1970, cando se le termina de dar punto de cocción a la receta con un factor decisivo, la ciudad de Nueva York, que a través de figuras latinas del sello Fania como Willie Colón o Héctor Lavoe en sus calles le terminan de dar un carácter urbano fundamental.

El álbum Salsa D.C. corresponde a una realidad tangible: esta ciudad es un recinto multicultural en diversos campos de la creación artística, siendo no una urbe totalmente cosmopolita pero al menos una metrópoli y un crisol del país. En esa medida, en lo que va corrido de década, ha venido ofreciendo además un creciente movimiento salsero que la tiene como origen o al menos base de operaciones. ¿Se trata de un proceso unificado y consagrado? ¿Acaso simplemente una tendiente casualidad musical?

En ambos casos podemos decir que no: se trata de una realidad destacable, en estado desigual, pero con la intención de fortalecerse. Muchos de los grupos salseros de la actual Bogotá tienen orígenes en las facultades universitarias o en jóvenes nacidos en los tiempos gloriosos de la Fania, que incluso han tenido credenciales como roqueros o en otros géneros, incluyido el jazz. Pero que decidieron paulatinamente retomar como centro el carácter urbano de la salsa, alejarla de la perspectiva de bagatela erótica que la tomó por asalto en las décadas de 1980 y 1990, distanciándola del prelavado sonido f.m. que tanto puede hacer daño en los formatos comerciales. Sobre el segundo interrogante solo hay que añadir, como lo señala el especialista César Pagano en las líneas introductorias, que “Bogotá ha estado ligada al Caribe desde comienzos del siglo XX”.

El compilado arremete con La 33, sin duda la agrupación más destacada de esta ola de salseros, continúa por los bien premeditados pasos vallecaucanos de Calambuco y los de Banda de La República de Medellín; sortea con fortuna la experimentación del proyecto del inglés Richard Blair, Sidestepper. Luego se torna más clásico con las respetuosas Conmoción y La Más Orquesta, para volver a abrir el juego musical con Toño Barrio Latin Groove y los chocoanos ChocQuibTown, que rozan el rap y la electrónica. Después de pasar por el Sexteto Latino Moderno cantándole al barrio, incluye dos de las mejores cartas de la actual oferta musical colombiana, Yurgaki y la Real Charanga, para cerrar con AzulTrabuco.

Se puede decir luego de oír el álbum —complementado por una buena presentación gráfica— que si no todos los grupos ofrecen permanentemente las mejores percusiones, arreglos o voces que exige la salsa, son una realidad que está trabajando por ofrecer mejores resultados y nuevos sonidos, que se pueden —como manda el género— escuchar o bailar. En ese sentido cumple con una de las funciones más importantes de todo buen registro sonoro: es testimonio de lo que está pasando y sonando.

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