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Seguridad democrática

Victor Albarracín reseña la película de Florian Henckel, La vida de los otros.

2010/03/15

Por Victor Albarracín

Esta película tiene lugar en uno de esos países en los que la Policía vigila a cualquier posible contradictor del régimen, siguiendo a las personas y chuzando las líneas telefónicas. Reflexiona en torno a la utilización del aparato estatal como medio para la consecución de fines privados, y a cierta vocación de los gobiernos por hacer de la cultura una práctica de inofensiva decoración. Trata del miedo a la diferencia y a la pluralidad de opiniones, y de la estigmatización de aquellos que disienten de los modelos institucionales. Es una historia de un país que no es el nuestro, porque no es el país más feliz del mundo y allí, los intelectuales aún pueden provocar algo de revuelo escribiendo, digamos, sobre las tasas de suicidio de sus compatriotas.

La vida de los otros es una película de Florian Henckel von Donnersmarck, ganadora del Óscar 2007 a mejor película en lengua extranjera. Cuenta la historia de Georg Dreyman (Sebastián Koch) un escritor señalado como enemigo del gobierno durante el último quinquenio de la hoy desaparecida RDA, Christa-Maria Sieland (Martina Gedeck) famosa actriz de teatro y esposa de Dreyman, y el agente de la Stasi HGW XX/7 ó Hauptmann Gerd Wiesler (Ulrich Mühe), quien es comisionado para espiar a la pareja.

Al igual que Goodbye Lenin, otra cinta memorable sobre los últimos días de la Alemania comunista, La vida de los otros se despliega sobre una serie de representaciones que giran en torno a la idea misma de representación (actores de teatro que extienden su papel fuera de las tablas, artistas perseguidos que deben fingir su filiación política, espías que terminan ficcionando las vidas de sus vigilados) aunque aquí el representar no involucre un ápice de humor o ironía, aunque sí algo de candor que termina delatando una idea también presente en la comedia de Wolfgang Becker: los comunistas también tienen alma.

En una ambientación impresionante del gris paisaje de la Berlín Roja tiene lugar toda la secuencia de intrigas y vericuetos que van convirtiendo a Wiesler, hábil interrogador e insigne educador de futuros espías, en un pastelito relleno de bondad; a Dreyman, crítico discreto del régimen, en víctima de una persecución tan constante como silenciosa y a Christa-Maria en receptora de un acoso sexual gestionado desde un ministerio de cultura. Ideales traicionados, funcionarios corruptos, artistas maniatados por la censura y el control pero dispuestos a asumir riesgos por defender sus ideas, soledad, suicidios y sacrificios de amor se conjugan en un entorno de una austeridad que termina siendo glamurosa, para decirnos que hay desórdenes que tranquilizan y excesos de orden a los que hay que temer.

Con una edición limpia y un manejo de cámaras bastante reposado, esta película logra contar una historia compleja sin demasiados aspavientos técnicos ni un histrionismo exagerado. De hecho, resulta loable que, a pesar de tratarse de un relato en el que confluyen temas propios de Misión Imposible, el espectáculo parapolítico o el temprano James Bond, en las más de dos horas de proyección no llega a escucharse un solo grito ni un disparo y, a pesar de ello, la tensión no decrece. Uno o dos guiños a Hollywood, relativos a la utilización un tanto dulzona e innecesaria de la música y una última moraleja buenista son quizás las notas agridulces de una película que sorprende por su claridad argumental y por el cuidado con que son mostrados los pequeños detalles al fondo.

En cualquier caso, tras ver la película aquí, todos esos horrores del régimen comunista no parecen tan graves ni insólitos. Quizás el país más feliz del mundo tiene con qué aguantar todo eso y más.

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