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Serrat entre la luz y la sombra

José Alejandro Cepeda reseña Miguel Hernández de Joan Manuel Serrat.

2011/07/19

Por José Alejandro Cepeda

Hace un siglo nacía en tierras valencianas Miguel Hernández, poeta imprescindible para comprender desde la literatura y el bando republicano la Guerra Civil Española (1936-1939). Y hace cuatro décadas el cantautor catalán Joan Manuel Serrat, quien se consagraba en castellano y musicalizaba sus mejores versos para un álbum que, en el último coletazo de la dictadura franquista, fue una declaración de principios. Miguel Hernández (1972) es un clásico que introdujo a muchos en la obra hernandiana, y tuvo su réplica en el 2010 para el centenario del poeta con Hijo de la luz y de la sombra. Ahora se ofrecen los dos álbumes y un DVD para completar un homenaje que se mueve, al igual que el poeta, entre la luz y la sombra.

Miguel Hernández es un disco lleno de luces. Serrat retomó su experiencia de abordar la poesía de Antonio Machado, enfrentando a un poeta con el que tenía mayor afinidad, pues su universo poético evocaba las imágenes de una España campesina, y Serrat era graduado en agronomía. También el poeta se había arriesgado a tocar la puerta de la burguesía intelectual madrileña (si es que tal existe), mientras el joven cantautor del barrio Poble-sec había sido aceptado en los círculos de la Gauche Divine. Y retomó además dos lecturas previas: la del genio granadino Enrique Morente en su Homenaje flamenco (1971), y la más cantautoril de las desgarradoras “Nanas de la cebolla” de Alberto Cortez. El resto es su propia música y su voz con el vibrato pleno de entonces, que lidia con naturalidad a Hernández, gracias a las brillantes orquestaciones de bajo presupuesto de Francesc Burrull.

Hijo de la luz y de la sombra (2010) es un álbum de buenas intenciones plagado de sombras. Tiene el mérito de registrar la poesía menos conocida de Hernández antes de su trágico final, enfermo tras su periplo penitenciario, en 1942; pero la música ya no es tan seductora y sí predecible, aparte de “Hijo de la luz y de la sombra”, “Uno de aquellos” o “Si me matan, bueno”. Serrat insiste en la fórmula de encomendar los arreglos, mientras ejerce su corrección política con dignidad, aunque sin conmover. ¿Será porque la Nova Cançó derivó en un subgénero progre de la música adulto-contemporánea? ¿Porque la España de hoy, si bien padece una gran crisis, ha ratificado su compromiso con la democracia liberal? ¿O porque le irían mejor a estos versos un Serrat arropado solo de guitarra y piano, a la manera del productor Suso Saiz o del sonido que extrajo Rick Rubin del tardío Johnny Cash?

Al rescate queda lo audiovisual, donde se nota que Bigas Luna, Isabel Coixet o el colombiano Sergio Cabrera, no son creadores de videos. Acudiendo a imágenes de archivo, animaciones o dramatizaciones, lo que hacen es recordar la dignidad del perdedor en “Elegía” o “Para la libertad”, en un ejercicio de memoria histórica que alude a la atmósfera guerracivilista para mostrar que Hernández, guste o no, sigue presente. Carl Schmitt, quien era un aguafiestas, desconfiaba del romanticismo y la mera justificación estética, y prefería el compromiso moderno y directo de la ?acción política. Hernández y el buen Serrat son capaces de desmentirlo, cuando entre luces y sombras hacen posibles las dos cosas.

 

Miguel Hernández

Joan Manuel Serrat

$35.000

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