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Severa inconformidad

José Alejandro Cepeda reseña el último disco de La Severa Matacera, V.I.S.A.

2010/03/15

Por José Alejandro Cepeda

Dicen que Colombia es un país maravilloso, habitado por gente linda y en el que se habla el mejor castellano del mundo, pero en el que, según cifras recientes, veinte millones de personas viven en condiciones de pobreza y ocho más en la indigencia. Un paraíso de la fauna tropical que contiene desde los más impensables renacuajos hasta hipopótamos que lo transitan bajo riesgo propio. Colombia, que es pasión, según algunos de sus líderes no posee un conflicto y su economía y democracia son ejemplares, pero cerca de cinco millones de compatriotas viven en el exilio. Ante severos problemas, ¿a cuál país deben cantarle sus músicos?

La Severa Matacera tomó una decisión y no se fue por las ramas: desde hace trece años esta banda bogotana que mezcla rock, hip-hop, reggae, funk y ritmos colombianos se ha dedicado a denunciar canción tras canción, letra tras letra, concierto tras concierto, ese país que no termina de ser funcional. Partiendo de un juego de palabras que parodia la célebre Sonora Matancera en la que cantó la inigualable Celia Cruz, los gritos de combate no han sido ¡Azúcar!, sino los derechos humanos, la globalización alternativa, la no violencia y la dignidad del inmigrante, condimentando rebeldía con optimismo. La Severa –como se conoce– regresa tras una gran experiencia que los llevó a vivir y tocar en Los Ángeles en sitios como House of Blues y Knitting Factory, y en Nueva York en Midway de Manhattan y Terraza de Queens. Presentando V.I.S.A. bajo el sello independiente Kallpa Records del empresario colombiano Mauricio Lizarazo, quien desde Alemania o Estados Unidos ha venido promoviendo grupos como El 7. Y recreando impecablemente uno de esos pasaportes con los que los colombianos sortean estoicamente los agentes de seguridad de todas las fronteras del mundo (incluidas las propias), ofreciendo un buen balance entre retrato político y resultado musical.

Alex Arce, Gomer Ramírez, Alejandro Veloza, Nicolás Torres y Juan Felipe Pinzón han logrado no bajar la guardia en sus temáticas sociales, pero tampoco rebajar en sonido, pues está claro que la música combativa se puede bailar, saltar, incluso poguear, pero ante todo está hecha, como todas, para escucharse. Por eso cortes como “Intro” portan un mensaje de la premio Nobel de paz Rigoberta Menchú; “¿Cuántas muertes más?” o “Terror”, con la voz invitada de Dilson Díaz, van directo a los relatos más oscuros; y “Energía Positiva” o “Arroz con coco” pasan de las distorsiones, los cambios de ritmo y la catarsis, al folclor y la alegría. Es decir, la búsqueda de ese estado de ánimo con que sabiamente Bob Marley construyó su leyenda: entre la furia y el amor.

Hablar y cantarle a la realidad desde un país tan complejo como Colombia no es fácil, así todos tengan derecho. Construir un discurso musical y uno político que se correspondan (de izquierda o derecha, crítico o complaciente) coherentemente requiere determinación. Se puede estar o no de acuerdo, pero La Severa Matacera –como La Pestilencia u Odio a Botero– lo logra. Por eso cuando figuras pop, domésticas o internacionales, insisten en salvar el mundo o hacer conciertos en lugares como La Habana, cabe preguntarse si es posible pasar de repetir “te quiero, te amo, te extraño” diez veces en coros facilistas, a posar de héroes mediáticos. Ahí, como frente a los propios músicos cubanos en la forma o en el fondo, la diferencia también es severa.

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