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Sextetos afrocolombianos Samuel Minski

Juan Carlos Garay reseña Sextetos afrocolombianos Editor: Samuel Minski Investigadores: Claudia Ríos, Adlai Stevenson Editorial La Iguana Ciega, 2006 170 páginas

2010/03/15

Por Juan Carlos Garay

En 1998 el sello francés Ocora publicó el primer disco del Sexteto Tabalá de San Basilio de Palenque. Sería tema de otra reseña preguntarse por qué este tipo de grabaciones son promovidas por disqueras europeas antes que por las locales: Totó la Momposina, por ejemplo, tuvo que grabar su primer disco en Francia y el segundo, en Inglaterra. Pero gracias a Ocora muchos supimos de la existencia de un estilo musical afrocolombiano que sobrevive de milagro en el reino de los ritmos modernos: el sexteto.

Sexteto, valga la aclaración, se refiere al sonido y no al número de integrantes (así se explica que aquella carátula del Tabalá exhibiera la foto de siete músicos). A diferencia de lo ocurrido en Cuba, donde el Sexteto Habanero cambió de inmediato su nombre a Septeto cuando involucró a un trompetista, en nuestra Costa Atlántica la nominación se mantiene incluso para grupos de ocho o nueve integrantes.

La alusión a Cuba no es gratuita. Esta investigación nos remonta a comienzos del siglo XX, cuando se conforman algunos ingenios azucareros cerca al Canal del Dique y se contratan especialistas y mano de obra cubanos. Los cubanos traen su música de sexteto, que para ellos incluye instrumentos de cuerda como la guitarra y el tres. Pero al entrar en contacto con la población negra colombiana sucede una interesante retrospección: el sexteto palenquero sólo utiliza percusión y voces, dejándole a la marímbula el rol más cercano a lo melódico.

La portada de este libro no podía ser mejor. La marímbula no es sólo el centro físico en las interpretaciones de los sextetos, sino también el centro temático de la investigación. Entrevistas valiosísimas con marimbuleros como José Valdez Simanca, “Simancongo”, podrían leerse incluso como instrucciones para que cada uno fabrique su propia marímbula.

Otro ilustre entrevistado en este libro, el cantante Rafael Cassiani, narra cómo la reforma agraria promovida por el gobierno de Carlos Lleras sería, a la larga, la partida de defunción de los ingenios azucareros del Caribe. Para 1966 la producción de caña se concentra en el Valle del Cauca, y Cassiani compone una canción emblemática: “Esta tierra no es mía, esta tierra es de la nación”.

De algún modo, lo que sigue en la historia de los sextetos es la vía de la extinción. A pesar de que este libro nos habla de una nueva generación, liderada por el conjunto Hijos de Benkos, el epílogo lacónico afirma que “dada la penetración del picó, el vallenato y la champeta, es probable que los soneros del sexteto afrocolombiano desaparezcan a corto plazo”. De ser así, el próximo proyecto de este grupo de acuciosos investigadores debería ser una grabación, para que no quede el disco de Tabalá como recuerdo íngrimo de una riqueza perdida.

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