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Simone, Eduardo Lalo

Felipe Cammaert reseña 'Simone', de Eduardo Lalo

2014/09/23

Por Felipe Cammaert

 

 

Eduardo Lalo, escritor, artista y profesor universitario puertorriqueño, saltó a la luz el 2 de agosto de 2013 cuando recibió el Premio Rómulo Gallegos por su novela Simone. “El escritor marca la superficie del mundo con el paso de su sombra”, había dicho sin embargo Lalo ese día, en Caracas, tras una tozuda defensa de su identidad boricua y de la importancia de la isla como fuente de inspiración y espacio privilegiado de su escritura.


Simone
es la historia de amor entre un escritor y una mujer china de San Juan que trabaja en un restaurante (chino) en condiciones de semiesclavitud, pagando una deuda eterna a quienes la sacaron de la miseria y la opresión de su país natal. A pesar de su condición, la joven Li Chao ha estudiado literatura y posee una obra artística esencialmente clandestina. Haciendo valer estos atributos, logra seducir al escritor gracias a un juego de palabras que va tejiendo en las calles de la capital de Puerto Rico, y que recuerda en cierto sentido las deambulaciones textuales de la artista francesa Sophie Calle por la ciudad.

Justamente, el espacio es uno de los elementos claves de este libro y, en general, de la obra de Lalo. La figuración del espacio debe entenderse, pues, en una dimensión doble. Por un lado, en un sentido físico, en cuanto representación de un lugar, San Juan, donde “las historias de otros sirven para hilvanar la mía”, en palabras del narrador. Por el otro, en un sentido figurado, como materialización de la escritura, tela de retazos múltiple, compuesta de fragmentos, aforismos y citas, en la que se desenvuelve una trama novelesca tan amorosa como política.

El personaje de Li Chao es una alegoría explícita de Puerto Rico. Su pertenencia a una comunidad marginada y silenciosa sirve a Lalo para compararlo con la imagen de su país en un contexto global. Cuando el narrador pregunta a la mujer sobre sus formas de expresión, la mujer responde: “El problema no es la lengua sino la imposibilidad que tienen los demás de imaginarme. ¿Es posible escribir cuando la identidad no es compartida por nadie, cuando la inmensa mayoría de la gente no puede ni siquiera concebirte?”. Si Li Chao es, en la novela, un fantasma de San Juan, el narrador, por su parte, encarna una situación similar de invisibilidad en el panorama literario por su condición de escritor boricua.

Así pues, la historia de amor entre los dos personajes esconde una reflexión, desvelada con sorna en las páginas finales del libro, sobre el concepto de hispanidad y, de paso, sobre la mercantilización de la actividad editorial en lengua española. La llegada de un escritor español a San Juan es la ocasión propicia para que Máximo Noreña, escritor amigo del narrador, lance un ataque brutal contra la visión ibérica del pretendidamente homogéneo “mundo hispánico”.

“América Latina fue por mucho tiempo una mala copia de España. Pero en esta parte del mundo es que se ha renovado la literatura escrita en español”, sentencia Noreña ante el europeo atónito. Unas líneas antes, el mismo Noreña confesaba en privado al narrador: “Somos una isla geográfica, política y literaria. Pero no existe una gran diferencia entre la situación de un escritor español o de donde sea y nosotros, aunque ellos no lo puedan ver nunca. Y te digo la verdad, prefiero la lucidez del margen, de esta miseria”.

Una de las principales virtudes del texto de Lalo es precisamente la manera como logra encajar, desde esa lucidez del margen de la que habla su personaje, los vericuetos novelescos en una descripción de la ciudad alejada de los estereotipos caribeños, demostrando al mismo tiempo un honesto compromiso con la escritura.

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