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Sin costuras visibles

Sergio Zapata León reseña El abrecartas de Vicente Molina Foix

2010/03/15

Por Sergio Zapata León

Hace quince años Francisco Umbral decía en su diccionario de literatura España 1941-1995: De la posguerra a la posmodernidad, que Vicente Molina Foix “a fuerza de hacer cosas –léase escribir–, ha conseguido que olvidemos, o casi, aquella traducción que hizo de Radiguet, 1970, El demonio en el cuerpo, donde lograba lo imposible: quitarle su gracia y ventaja al joven y malogrado genio francés”. No dice mucho más, salvo que Molina Foix, quien al momento de la publicación del diccionario tenía 49 años y había ganado ya el Premio Barral en 1973, el Azorín en 1983 y el Premio Herralde en 1988, es un escritor plural: “Él mismo en todo lo que hace”.

Doce años después, el escritor, poeta, dramaturgo, crítico y director de cine ha publicado un libro sorprendente.

El abrecartas es, sin temor, el libro de un maestro. Ensamblado con cuidado, sin costuras visibles, reconstruye los años de antes de la guerra civil española, la guerra misma y la dictadura franquista a partir de la correspondencia de varios personajes. El punto es que muchas de las cartas van en un solo sentido, no tienen respuesta y recorren prácticamente todo el siglo XX español.

¿Cómo engrana Molina Foix el argumento? Con hilo invisible, a partir de sutilezas que se van convirtiendo en los pistones de un libro emocionante e imposible de anticipar.

Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Eugenio D’Ors, Dalí y otras figuras públicas de esa España, aparecen dentro del libro vistos por personajes que desde el anonimato les escriben o incluyen en sus cartas. La mirada que se ofrece de ellos resulta entonces íntima, cargada de anécdotas y de datos que se debaten entre la ficción y la realidad.

A partir de la búsqueda de un libro escrito por el entrañable Rafica, amigo de infancia de Lorca que lo sigue desde la sombra y le escribe misivas en las que le expresa su deseo de convertirse en escritor, las cartas van cayendo página a página, distribuidas por capítulos en los que la trama se sucede en medio de tensiones que Molina Foix despliega usando una astucia técnica envidiable. Cada capítulo es un atado de cartas que alguien envió, muchas sin respuesta, o un cajón que encierra cartas de ida y vuelta. Cada capítulo es un pedazo en la vida de uno de los personajes y en cada uno de ellos está todo, o casi todo: el amor, la guerra, la muerte, la enfermedad, la locura y el deseo. También la omisión, de lo que quienes escriben olvidan o prefieren no decir.

Después de Rafica, que comienza a escribirle a Federico cuando cumple 19 años y se enlista en el ejército republicano, los personajes se asoman inesperadamente y sus historias aparecen con ellos como brotes que estallan al sol, sin previo aviso, conectadas sin orden aparente, censuradas por el régimen unas, otras escritas en clave para zafarse del control. En ellas Molina Foix logra captar la manera de pensar y de hablar de los remitentes, con lo que logra trenzar una polifonía que estimula la lectura. Novela en cartas o coro escrito, lo cierto es que el libro tiene un ritmo vigoroso, a pesar de estar diseñado por fracciones. Y tiene precisamente mucho diseño, y un atributo extraño en la prosa: emociona a partir de la falta de información.

Es probable que Umbral no haya olvidado la desafortunada traducción hecha por Molina Foix a los 24 años, pero este último, a sus 61, nos hace olvidar que con El abrecartas estamos ante un libro y nos obliga a sentir que leemos sin pudor las cartas perdidas de alguien que anda por ahí.

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