Nombres y animales Rita Indiana Periférica $53.400 208 páginas

Sin nombre

En 'Nombres y animales, Rita Indiana se enfrenta a la dificultad de nombrar al mundo "sin entrar a discriminar entre especies, naciones, o deseos". Un mundo en que conviven la magia, la crueldad y el horror.

2014/06/20

Por Juan Manuel Espinosa

Cuando la narradora de Nombres y animales cuenta la historia de su trabajo de tres meses en la clínica veterinaria de sus tíos, y de sus esfuerzos por hallar el nombre perfecto para su gato, la novela se desprende tranquilamente de temas típicos de la narrativa caribeña para hacer cosas más interesantes. Con el lenguaje en apariencia diáfano de una adolescente, se nos cuentan los ires y venires de su familia, de sus historias y de sus dramas; pero también se nos cuentan los dramas y las historias de los animales y de los clientes que pasan por la clínica. Y es esa relación particular con los animales, con la necesidad de entenderlos y de mirarlos como personas –y la inocencia necesaria para ver a los humanos como animales sin juzgarlos como menos–, lo que nos revela que este libro no es solo una novela de iniciación común, de esas que están llenas de soledad y de desarraigo de quienes no se consideran normales como la mayoría, y tampoco es una novela inmersa en el exotismo de territorios o de personalidades, características estas bastante raídas de la narrativa caribeña desde sus inicios.

Cada capítulo del libro de Rita Indiana (Santo Domingo, 1977) comienza con una cita del libro La isla del doctor Moreau de H.G. Wells. Comúnmente catalogado como un libro de ciencia ficción, es un relato sobre la crueldad de la vivisección de animales con propósitos científicos, bastante de moda en la época en que Wells escribió el relato (1896). En la isla a la que llega el narrador, lo que al principio parecen ser criaturas monstruosas son en efecto criaturas mitad humanas y mitad animales producto de los experimentos de Moreau. Son monstruos a pesar de sí mismos y sufren a causa de los abusos del doctor. Y es este el punto que hace que el Santo Domingo de nuestra narradora sea la isla de ese doctor que hacía de dictador, un país “en el que los animales no tienen derechos y las gentes son animales”. El doctor ya ha muerto, pero sus monstruos todavía habitan la isla.

Indiana podría haber elegido aquí entrar a los terrenos fáciles de la novela de denuncia de las consecuencias de un régimen dictatorial –algo también típico de la narrativa de la región y del continente–. Pero eso iría en contra de los propósitos de la narradora: ella no está buscando encontrar culpables e inocentes, porque denunciar es de inmediato crear un antagonismo, unos buenos y otros malos, o mejor, unos y otros: es crear una diferencia, como la de humanos y animales. La novela, en cambio, busca poner en el mismo nivel a animales y humanos, a familiares y extraños, a dominicanos y haitianos, y a las variedades del deseo sexual.

Pero tampoco es un canto ingenuo a la diversidad y al multiculturalismo. Sin caer en el lugar común de ver a los niños y a los animales como seres inocentes corrompidos por la sociedad, la adolescente nos lleva de la mano, con un lenguaje sencillo pero no por eso simple, a ver lo complicado, lo difícil y lo crucial que es ponerle el nombre correcto a lo que vemos en el mundo; a entender que todos somos monstruos inocentes, y que dependiendo de cómo llamemos a los otros nos olvidaremos de esa inocencia, y además, e igual de importante, que por mucho que lo intentemos, nunca nos desharemos de la monstruosidad.

La dificultad de ponerle nombre a un gato. Ese es el problema con el que se enfrenta la narradora al inicio de la novela, y eso es lo que hace a lo largo de ella: ponerle nombre al mundo sin entrar a discriminar entre especies, naciones, o deseos. Por medio de este ejercicio es como ella se descubre a sí misma. Y es la historia de esta narradora sin nombre, tal vez porque es necesario que nosotros se lo pongamos, la que le permite a Indiana articular una realidad hasta ahora saturada por los discursos de la magia y de la maravilla por un lado, y de la crueldad y el horror por el otro.

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