Plegaria por un Papa envenenado

Sin zapatos

2014/02/28

Por Matías Godoy

Plegaria por un papa envenenado es una apuesta literaria completamente nueva, y a la vez es una empecinada reincidencia. Es nueva porque aún hoy, a sus trece novelas de carrera, Rosero no recicla sus recursos. Aquí la voz se carga de sentido como en un poema, o se reduce a su propio esqueleto como en un guion, según le convenga a la historia y desafiando toda fórmula tradicional. Narra Rosero, narra el papa, narran voces de escritores muertos y tercia un coro admonitorio de putas venecianas como de tragedia griega, y así Rosero se mete con la tradición literaria y la Historia con mayúscula, no adhiriendo, sino increpándolas, cuestionándolas, despojándolas de mitos y falacias en busca de un poquito de verdad.

Nada hay de roseriano en esta novela que sin embargo es tan suya, y por eso la Plegaria es también una reincidencia, pues si Rosero ha cambiado sus miras y sus estructuras, su procedimiento es esencialmente el mismo, y se empecina en él porque esa es su manera de asomarse al otro lado de las cosas. Rosero va desnudando a sus personajes hasta despojarlos de sus máscaras más viejas y arraigadas, los va arrinconando cuidadosamente, casi tiernamente, en el callejón del hambre, de la soledad, del dolor y del desespero, a ver cómo se comportan. Así es que el profesor Ismael, en Los ejércitos, acaba viudo, solo, violentado por la guerra y desorientado en la bruma espaciotemporal de la vejez. Así es que el septuagenario Jeremías de En el lejero se ve obligado a usar su último gramo de vida para ir en busca de su nieta secuestrada. Y así es, incluso (pues su manera también permea sus libros para niños), que el fracasado vendedor de globos de helio de La pulga fiel adelgaza hasta el punto de requerir el contrapeso que le presta una pulga para no salir volando.

No se trata, sin embargo, de un regocijo morboso por la fragilidad humana, sino de una convicción asombrosamente fuerte de que si algo tenemos las personas de genuino y verdadero, está detrás de todos los disfraces que le debemos al azar de haber nacido en un país o en otro, en una época o en la otra, de haber ocupado este o aquel cargo, de haber gozado de mejor o peor suerte en esta vida. Y, en efecto, siempre queda algo, aunque sea poco, digno de dejar por escrito. El profesor Ismael, aunque con pleno derecho, no se rinde, y es valiente; el viejo Jeremías persevera contra todos los pronósticos; la pulga sostiene a su amigo.

En la Plegaria, el turno es de Albino Luciani, el papa Juan Pablo I, que intentó confrontar al “banquero de Dios” y al sector de la curia encargado del dinero del Vaticano, una mafia romana hermanada a la mafia italiana y responsable de oscuros ardides financieros que aún no se aclaran, ni terminan. Sí acabaron, sin embargo, con Albino Luciani, que duró 33 días en el puesto, al cabo de los cuales murió envenenado. Los hechos de la historia, por lo tanto, no le permiten a Rosero perdonarle la muerte, pero él no arredra: lo deja morir, y lo examina no solo desprovisto de título y de hábito, de poder y de compañía, sino de vida también, en el fondo del infierno de sus miedos y sus dudas, a ver cómo se comporta.

Lo que allí encuentra lo sabrá el que lea la Plegaria dejándose llevar por esa prosa clara como las olas que de golpe se enrarece y, jalándonos de los pies, nos arrastra hasta el fondo del mar, donde nos bambolea y nos revuelca hasta dejarnos, como a sus personajes, sin prejuicios, sin pretextos, sin zapatos.

 

 

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