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Solamente Rock and Roll

José Alejandro Cepeda reseña el último disco de Lenny Kravitz, It is time for a love revolution

2010/03/15

Por José Alejandro Cepeda

El rock and roll es un género que lleva tragándose a sí mismo medio siglo con insistencia (si aceptamos que su primer sencillo fue Rocket 88 en 1951 de Jackie Brenston, ya van 57 años), dando vueltas sobre sus armonías simples heredadas del blues, la instrumentación proveniente de los formatos pequeños del jazz o la narrativa social del folk. Una fórmula en apariencia simple, banal, pero lo suficientemente poderosa para que sea hoy una especie de folclor mundial, pasando por épocas de mayor o menor sofisticación, y que renace cada generación con millonarias ganancias.

Podemos decir también que Lenny Kravitz (el reconocido músico neoyorquino de sangre blanca y negra de quien han anunciado una visita a Colombia) a sus 43 años lleva no solo nueve discos entre 1989 y 2008 intentando tragarse a sí mismo, sino al propio rock and roll. Porque Kravitz –tan popular como talentoso– cuenta cuatro álbumes buscando autocopiarse, es decir, intentando calcar el espíritu de los primeros cuatro suyos que a su vez recreaban con éxito el rock puro de los años sesenta y setenta. ¿Tienen mérito esa carrera y esta última grabación? ¿Simplemente un excelente copista musical en serie?

Si aceptamos que el valor de los Rolling Stones, más allá de cualquier novedad, ante todo es “ser los Rolling Stones”, podemos decir que Kravitz tiene mérito, aunque esté lejos de haber definido el rock mundial como el grupo de su amigo Mick Jagger. Su música tiene el poder de ser rock en una época en que no todo lo que llaman así lo es, en contribuir a no dejar morir su sonido esencial, añejo y análogo (aunque anunciara en Circus su defunción y experimentara con la electrónica en 5). Y el rock, en su formato clásico, fue su propia salvación al rescatarlo de la confusión de los años ochenta cuando quiso ser Prince, acudiendo al peligroso nombre shakesperiano de Romeo Blue con lentes de contacto a bordo.

Por fortuna recapacitó –está claro, Prince es único–, y vinieron dos discos brillantes, Mama Said (1991) y Are you gonna go my way (1993), en los que demostró ser un multiinstrumentista capaz de componer excelentes canciones, grabarlas casi solo y defenderlas airoso en vivo. La adulación de la crítica (que también intenta copiarse a sí misma) exageraba, anunciando que por el hecho de ser negro y tocar la guitarra era una reencarnación de Jimi Hendrix, cuando el talento de Lenny –como el de casi el resto de mortales– está a años luz del que dejó ver en su corta vida el alquimista de Seattle.

¿Qué se puede decir de It is time for a love revolution, un buen disco que no aporta absolutamente nada nuevo? Afirmar que tras los pálidos Lenny (2001) y Baptism (2004) logró copiarse a sí mismo –y al rock and roll- de nuevo con mucho más éxito. La oferta no es novedosa por más gratificante que sea entre los lugares comunes que anuncia (Love Revolution, Back in Vietnam): hay buenos riffs de guitarras Les Paul o Stratocaster, pianos acústicos con intervalos simples y órganos Hammond llenando los espacios; cortes bien estructurados de crudo funk o esas escuetas y efectivas baladas de sonido grueso que imitan lo que registrara John Lennon –uno de sus ídolos– en Plastic Ono Band de 1970 (de hecho Sean, hijo de John, coescribió y grabó alguna vez un piano al mejor estilo de papá en All I Ever Wanted). Así que finalmente al rock no le van tanto las rayas como al tigre. Le interesan más las escamas, como las que suelen decorar las chaquetas y las botas de Lenny.

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