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Sonido de cinta

Andrea Baquero reseña en la colección dedicada a Frédéric Chopin

2010/03/15

Por Andrea Baquero

La era digital logró nuevas posibilidades de audio y acostumbró nuestro oído a sonoridades limpias y prácticamente perfectas. Como muchas compañías discográficas, el sello alemán Membran Music Ltd. se ha dedicado a rescatar algunas primeras grabaciones de los compositores e intérpretes de la música clásica occidental. Estas ediciones de colección dedicadas a compositores como L.V. Beethoven, J.S. Bach, G. Verdi y F. Chopin, traen cuatro discos compactos en los que se recogen las obras más representativas de cada compositor en versiones de los grandes intérpretes del siglo XX.

Aunque las grabaciones fueron procesadas digitalmente, la calidad de audio deja mucho que desear: el sonido no tiene la calidez de un vinilo ni la nitidez digital. El sonido de estas grabaciones se parece más al de una cinta, teniendo en cuenta que los originales son de la primera mitad del siglo XX. Pero a medida que uno se acostumbra al sonido de la grabación, los altibajos de la cinta destemplada, el hiss de fondo y el volumen a bajos decibeles hacen sentir que se tiene la cinta original.

En esta colección tanto el repertorio como los intérpretes están muy bien seleccionados. El estuche dedicado al compositor polaco Frédéric Chopin (1810-1849), en el que se incluyen el “Concierto para piano número 1 en mi menor Op.11”, “La sonata para piano en si menor Op. 58”, los catorce valses, los preludios, algunos estudios del Op.10, nocturnos, las cuatro baladas y algunas mazurcas, muestra un panorama general de lo que fue la literatura escrita por este compositor admirado por R. Schumann.

Además de la buena selección del repertorio, las versiones que aparecen de cada una de las piezas son interpretaciones de pianistas de primera como Arturo Benedetti Michelangeli y Alfred Cortot, entre otros.

El ucraniano Vladimir Horowitz con su auténtica interpretación de dos mazurcas y del impromptu en La bemol mayor Op.29 logra que uno se olvide de la calidad del audio y se concentre en la música y en la calidez de su interpretación, porque una vez uno sobrepasa la mala (o buena) costumbre del sonido perfecto, es posible sentir la cercanía del intérprete con el compositor.

Lo mismo pasa con los valses a cargo del rumano Dinu Lipatti. Estos valses fueron grabados en 1950, el año en el que murió de cáncer este pianista, de apenas treinta y tres años. Además de convertirse en el repertorio del último recital que dio Lipatti, estas versiones de los valses son un punto de referencia para los amantes de la música del romanticismo.

En los valses se aprecia una mejor calidad de audio, ya que no tiene el nivel de hiss que se percibe en los doce preludios. Es más, se puede apreciar la técnica impecable y el poco uso del pedal derecho que hace Lipatti, logrando que las armonías aparezcan nítidas, que los sonidos graves del piano resuenen en su justa medida y que los acordes agudos no sean estridentes.

Lo mismo pasa con las versiones de los nocturnos, grabación de 1936 a cargo del polaco Arthur Rubinstein, quien grabó toda la obra para piano de Chopin excepto los estudios. En los nocturnos, Rubinstein hace evidente la polifonía, el dramatismo y la nostalgia que plasmó Chopin en sus composiciones.

Estas ediciones ya se pueden conseguir en Colombia, y una vez el oído se acostumbra a la calidad del sonido, la colección se convierte en la mejor opción para conocer el repertorio de los grandes compositores e intérpretes de la música clásica occidental.

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