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'Submarino' del director danés Thomas Vintenberg

Afiche de 'Submarino'.

Crítica cine

Un cigarrillo en la oscuridad

Por: Carol Ann Figueroa

Publicado el: 2012-11-28

Cuando Nick tenía trece años, creía que para hacerse cargo de sus hermanos y protegerlos del alcoholismo de su madre, le bastaría con llenarse de buenas intenciones y hacerse el rudo frente a ella, pero se equivocó. Una noche las cosas salieron tan mal como pueden salir cuando están en manos de un niño, y una tragedia marcó su vida para siempre. Veinte años después, alcoholizado y recién salido de la cárcel, Nick recorre las pálidas calles de Copenhagen con los puños endurecidos entre los bolsillos y la mirada clavada en el pavimento.

El director danés Thomas Vinterberg nos recibe con un par de bofetones y dedica el resto de la película a recordarnos cuánto duelen. Como buen representante del movimiento Dogma sabe conducirnos por la ruta del dolor hasta sus últimas consecuencias, y se lo agradecemos.

La nobleza del pasado de Nick contrapuesta inmediatamente al sinsentido de su presente, no nos deja otra alternativa que mirarlo con compasión, y cada vez que lo vemos reaccionar con la violencia propia de un delincuente cualquiera sabemos que estamos viendo a un hombre esencialmente bueno. Lo difícil, lo que nos irá quitando el aliento a medida que avance la película, es la certeza de que solo nosotros conocemos su bondad, y solo nosotros vemos a ese niño roto que merece una oportunidad para ser feliz.

Este efecto que seduce tanto como repele, refleja el espíritu de Submarino, la novela homónima en la cual se inspira la película, y cuyo título fue elegido por el novelista danés Jonas T. Bengtsson en referencia a una conocida forma de tortura utilizada para interrogar presos, consistente en maniatarlos e introducirlos de cabeza en un tanque con agua hasta que empiecen a ahogarse. El truco consiste en dosificar las inmersiones del torturado, de modo que sus pulmones se llenen de agua paulatinamente y este sea completamente consciente de su proceso de asfixia. Vinterberg maneja con tal soltura las maneras cinematográficas del truco que aunque no nos guste, poco a poco nos entregaremos a él para que nos quite el aire.

Curiosamente, los momentos en que respiramos serán aquellos en que Nick enciende un cigarrillo y llena sus pulmones de humo, iluminado apenas por la llama de su encendedor. La puntuación de estos momentos, agudizados cada tanto por una oscuridad total que produce un efecto bastante teatral, nos mostrará su mirada desnuda, esa que nos recuerda la herida que lo marca. Por lo demás, en lo que respecta al resto de la película, cada vez que Nick atraviese una de las frías calles de su ciudad, cada vez que visite el gimnasio o el bar, cada vez que tenga sexo ocasional con su vecina, sabremos que se está quedando sin aire. El mundo en el que está obligado a vivir no puede darle aire y lo único que le da esperanzas de seguir vivo es la posibilidad de volver a ver a su hermano menor y su pequeño sobrino. Por lo mismo, esto sucederá cuando sea casi demasiado tarde. Casi.

Dado que el truco está en sumergir a la víctima lo suficiente para que crea que morirá pero no tanto como para que se ahogue, Vinterberg nos lleva hasta el punto en que creemos que no podremos resistir más, que es imposible sobrevivir a tanta adversidad, solo para llevarnos a descubrir que incluso en las situaciones más agobiantes es posible encontrar algo de aire.

El resultado de la tortura hace que valga la pena pasar por ella.