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Supermán muere otra vez

Francisco J. Escobar reseña la película Hollywoodland, dirigida por Allen Coulter.

2010/03/15

Por Francisco J. Escobar

Una simple bala hizo trizas el cerebro de Supermán. Murió. Voló al otro mundo. No era un hombre de acero, tenía la misma mezcla de tripas y huesos que cualquier otro mortal. Se trataba en realidad de George Reeves, un actor estadounidense que se hizo muy conocido en los años cincuenta porque le dio vida al superhéroe de la capa roja en la exitosa serie de TV. Años más tarde, el 16 de junio de 1959, decidió quitarse la vida de un disparo y, como suele suceder en la historia de Hollywood, una vez muerto, con la sangre de sus sesos aún fresca en la pared de la habitación, consiguió la gran fama que le fue esquiva cuando aún existía. Finalmente, la tragedia humana es la película favorita de la industria del cine.

Reeves, un Supermán que no quería serlo, un intérprete mediano que tuvo un papel terciario en Lo que el viento se llevó (1939), el mismo que fue borrado de la cinta De aquí a la eternidad (1953) porque en las exhibiciones de prueba confundía al público (al verlo en la pantalla los espectadores exclamaban: “¡Miren, es Supermán!”) es el personaje que inspira la película Hollywoodland, dirigida por Allen Coulter. Una obra que despertó el interés de la crítica en el pasado Festival de Venecia y le dejó la Copa Volpi, por su buena actuación, a Ben Affleck.

Y es él, justamente, el que salva al filme del olvido. El ex de Jennifer López interpreta el mejor papel de su carrera, le pone carne, huesos y algo de relleno extra al traje azul (o mejor, gris oscuro, porque en la televisión se veía en blanco y negro) del hombre de acero. Protagoniza algunas escenas inolvidables. En una de ellas lo vemos volando por el estudio de grabación, su cuerpo es sostenido por dos cuerdas casi invisibles que no soportarán su peso, cederán y provocarán su caída libre. El robusto Supermán choca contra el piso y levanta el polvo. ¿Estará mal herido? No, el actor se levanta, se limpia el traje y dice en broma: “Quisiera agradecer a la Academia y a toda la buena gente de Galesburg, Illinois, por convertirme en lo que hoy soy”, le da la espalda a la cámara y se va alejando entre los aplausos del equipo técnico.

Lo lamentable es que Hollywoodland tenga pocos momentos tan emotivos como ese. Lo triste es que el director haya enredado la trama a pesar de contar con un muy buen material dramático pues la tragedia de Reeves está bien lograda por Affleck. La gran historia del filme está compuesta a su vez por dos pequeñas narraciones paralelas. Una nos descubre la fracasada existencia del protagonista y otra nos presenta a un detective privado (Adrien Brody) que trata de averiguar si Supermán se suicidó o fue asesinado. En ambos relatos somos testigos de las vidas de dos perdedores que buscan la fama a cualquier precio: el actor quiere triunfar en Hollywood, por eso se acuesta con la esposa de un alto ejecutivo de MGM, pero solo consigue un papel notable (el de superhéroe); el investigador quiere que su trabajo consiga grandes titulares en la prensa y que su pequeño hijo lo quiera, pero a cambio solo recibe golpes en la cara.

El filme emociona cuando vemos a Affleck y decae cuando aparece Brody –en Variety señalan que el actor “no anda en su mejor momento, para decirlo de manera amable”. Los espectadores queremos ver al regordete Supermán, no al flacucho detective. ¿Por qué Coulter se habrá empeñado en partir en dos lo que debió haber sido una sola historia? ¿Tendría que ver en esto la mano de algún productor insensato? Quizá las respuestas sobren, la película ya está hecha y en la pantalla se ve el resultado. Hollywoodland es una de esas cintas que en una conversación entre amigos podría ser recordada así: “Pero qué, ¿vale la pena verla?”, “Hum, pues… aguanta”, “Ah, ¿y Supermán?”, “Pues cada vez más muerto”.

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