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Tejiendo nuevos caminos musicales

José Alejandro Cepeda reseña el disco de Ricardo Gallo Cuarteto, Urdimbres y marañas

2010/03/15

Por José Alejandro Cepeda

El segundo disco del pianista Ricardo Gallo y su cuarteto no podría haber sido mejor titulado. Urdimbres y marañas es, precisamente, lo que se escucha en una hora larga de interesante audición. Estas dos palabras -–por las cuales cualquier semiólogo daría la vida– efectivamente no requieren aquí exageraciones. Lo que Gallo y su grupo ofrecen es una serie de hilos musicales diversos, que al irse tejiendo o escuchando forman un particular telar donde resuena una gama de variados ritmos, muchos colombianos, cosida a punta de jazz y su confidente la improvisación. Si el resultado tiende a ser una maraña, también sería esta digno móvil, porque al fin y al cabo quienes aspiran a hacer buena música siempre intentan enredar y desenredar las cosas a la vez. Y ese es finalmente el aporte de la generación de exponentes de la llamada Nueva Música Colombiana en los últimos años: enredar y desenredar las cosas.

De los jóvenes músicos colombianos Ricardo Gallo es uno de que los que mayor claridad ofrece. Ha logrado un buen balance entre la experimentación y la concreción, efecto quizá de la rigurosidad de sus estudios en las universidades de North Texas y Stony Brook, y en el esmero con que compone. Pero también a que su vida transcurre a caballo entre Colombia y Nueva York, lo que le permite observar el panorama de ida y vuelta, ampliando su sensibilidad. De ahí no solo que haya logrado utilizar favorablemente sonoridades como las del altiplano o del porro junto a la electroacústica, sino a su participación tanto de la escena liderada en Estados Unidos por el sello Chonta como la del colectivo La Distritofónica en Bogotá, que representan buena parte de la independencia y avanzada de la música colombiana actual.

Gallo también es hábil cuando se le consulta sobre su oficio: “No me gusta catalogar la música porque la encasilla en palabras”. Esa es una respuesta de músico. Pero acepta que dentro del folclor y el jazz pretende “con carácter de búsqueda, de lo impredecible, expandir las posibilidades dentro del grupo”. Y esa es la mayor ganancia, porque si bien Urdimbres y marañas confirma y sigue vaticinando un buen camino personal, con respecto al predecesor Los cerros testigos (2005) el trabajo junto a Jorge Sepúlveda (batería), Juan Manuel Toro (bajos) y Juan David Castaño (percusión) suena más sólido, como se le ha podido apreciar en la grabación o en el directo, en el Festival de Jazz del Teatro Libre o en la presentación del álbum en el Museo Nacional. Esto se debe también a que el cuarteto ha estado haciendo carretera, no solo en Colombia sino en lugares como Perú o Puerto Rico, alcanzando una aproximación más profunda en dos aspectos vitales: tiempo y ritmo.

Dos puntos finales destacables: la sonoridad del uso parcial del Fender Rhodes (el célebre piano eléctrico del siglo pasado) y el arte gráfico. Si el primero no es una novedad, pero sí ya un clásico de la modernidad, complementa el tradicional piano acústico. La portada permite intuir los colores de las urdimbres y marañas antes de colocar el disco en el reproductor, “tradición, caos y reconstrucción de una realidad que nos duele ver despedazada cada día”, anotan. Al abrirse el cartón una fotografía sintetiza el énfasis de la grabación, en la que se ve al cuarteto unido degustando un popular “corrientazo” bogotano. Ojalá puedan seguir almorzando y urdiendo música juntos.

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