Telemaquia

Javier Murillo reseña "El miedo a la oscuridad" de Sandro Romero Rey.

2010/09/11

Por Javier H. Murillo

Colombia pesa. A todos. A los que se quedan y a los que se van. Incluso a aquellos que, como Sandro Romero Rey (ya prácticamente una marca registrada en la vida cultural del país), no han hecho nada diferente de contarla, de tratar de sacársela de encima.

 

El miedo a la oscuridad, su segunda novela —la primera fue Oraciones a una película virgen (Planeta, 1993)—, cuenta la historia de la familia Vasco y cómo Daniel, el primogénito, tuvo que ir a buscar a su padre.

 

Daniel Vasco —el padre— es un conocido documentalista que, justo el primer día de 1999, sale de su casa pero no regresa, y deja a su familia en ese estado de permanente incertidumbre tan conocida y tan convertida en brutal eufemismo para demasiados colombianos durante ya nadie sabe cuántos años. ¿Está retenido por algún grupo, legal o ilegal? ¿Es otro de los desaparecidos, simplemente escapó de su casa o está muerto? Nadie lo sabe, y siguen sin saberlo incluso después de que su hijo, años después, decide seguirle el rastro.

 

Parece, dicho así, otra de las novelas que atraviesan la geografía de la literatura colombiana actual, marcadas por la frustración, la violencia y el miedo. Pero no. A las pocas páginas el lector ya se ha dado cuenta de que el asunto va por otro lado; de que si Vasco ha desaparecido no es porque haya sido desaparecido, sino porque ni su hijo ni su esposa saben dónde está. Además, lo que hace que Vasco deje de ser quien era, más que su ausencia, es el descubrimiento de que, en contra de todo lo que su familia pensaba, el documentalista hacía literatura. El hijo encuentra, de a poco, ciertos cuentos que su padre escribió; pero este hallazgo y otras evidencias llevan a Daniel a la que parece ser la pista más sólida: su padre tenía una amante, una joven llamada Lucy Wagner. Aquí, sin embargo, de nuevo la novela deja de ser lo que hasta entonces parecía —una novela policíaca— para volver a lo literario: el encuentro entre Daniel y Lucy lo lleva a él a encontrar otros textos de su padre, que el lector de El miedo a la oscuridad lee en forma de capítulos alternados con los que refieren la historia de los Vasco. Pero también para que Lucy se enamore de nuevo de Daniel Vasco, esta vez del hijo.

 

La novela está compuesta, como se ve, por dos textos diferentes. Uno, la historia del hijo que busca a su padre, y el otro, los cuentos de Daniel Vasco. En el primero, la búsqueda lleva al hijo al pasado de su familia y a un extraño amor que desde la primera referencia coquetea con el incesto. En el segundo hay seis cuentos relativamente independientes cargados de Colombia —de Cali, de Bogotá—, pero sobre todo de rumba, de pasión y celos. Sin embargo, uno y otros van por caminos diferentes, y la novela —si entendemos por novela cierta unidad, cierta articulación que dé sentido— se queda por el camino.

 

A pesar del innegable talento con el que el autor maneja el tono del texto y el ritmo de cada frase, El miedo a la oscuridad al final no es más que una colección de relatos puesta —un poco a la fuerza, un poco con descuido— dentro de una historia aún flaca, demasiado cargada de guiños y referencias a la vida del autor entre los años 70 y los 80. Sus anécdotas pueden ser —y lo son— muy entretenidas y sin duda están bien contadas, pero no hacen lo suficiente para darle al planteamiento de la novela el músculo y la contundencia que se merece.

 

Lo interesante del asunto está, pues, en que Romero Rey se haya tomado el trabajo de recrear en esta Colombia una de las historias más antiguas de la narrativa occidental (la búsqueda del padre) sólo como telón de fondo a un conjunto de textos y recuerdos que por momentos no son más que una caprichosa antología personal.

 

El miedo a la oscuridad

Sandro Romero Rey

Alfaguara, 2010

264 páginas, $41.000

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