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Terror virtual

Franco Lolli reseña Actividad paranormal, el primer largometraje del director de cine de origen israelí Oren Peli

2010/03/16

Por Franco Lolli

Hace algunos meses, el director de origen israelí Oren Peli saltó a la fama gracias al sorprendente éxito de su primer largometraje Paranormal Activity que, a pesar de haber sido rodado enteramente en casa de Peli, con un presupuesto de apenas quince mil dólares y actores desconocidos, ha logrado convertirse en un verdadero fenómeno cultural. Gracias, entre otras cosas, a una estrategia de marketing viral, al día de hoy, el filme ha recaudado más de cien millones de dólares en las taquillas alrededor del mundo, y ya existen rumores de que pronto se realizará una segunda parte, como sucedió diez años antes con una obra de características similares: The Blair Witch Project.

Como en esta película y también en la más reciente Cloverfield (2008), en Paranormal Activity la historia se cuenta a través de supuestas grabaciones documentales de tipo casero, que buscan dar una impresión de realismo que acentúe el terror. Para contarnos cómo una joven pareja, Micah y Katie, que se acaba de instalar en los suburbios de San Diego, sufre el asedio de un demonio invisible, el director utiliza únicamente las imágenes que, dentro de la ficción, grabó Micah para intentar registrar la actividad paranormal que sucede en su hogar; pero las presenta, fuera de esta, como si se tratara de imágenes de la vida real.

A primera vista, esta propuesta, a todas luces artificial, que consiste en confundir en un mismo plano las imágenes hechas por Micah con aquellas hechas por el director, puede, no obstante, parecer interesante; sobre todo porque Peli tuvo la inteligencia suficiente para apostar por la cotidianidad y no pulir la materia filmada. En ese sentido hay que reconocerle, así suene extraño, el haber escogido actores con físicos banales y poco graciosos, el haberlos situado en un escenario sin ningún encanto y el haber trabajado las escenas a partir de improvisaciones. Gracias a esto, durante los primeros minutos de la película, el espectador tiene la impresión de asistir a la vida de una pareja cualquiera, permitiendo así que después advenga un tipo de terror menos convencional y codificado al acostumbrado por Hollywood. Pero que no por eso es más interesante.

La radicalidad formal del filme, solo amenazada por la aparición esporádica de sonidos extradiegéticos de ultratumba, es paradójicamente también uno de sus mayores defectos, pues obliga al guión a luchar a menudo contra sí mismo. Siempre con la necesidad de justificar, a través de artificios narrativos, un dispositivo tan rígido como limitado, el autor termina sacrificando la precisión psicológica de sus personajes, así como la progresión dramática y el ritmo de la cinta. Es como si su postulado fuera el mismo que el de la mayoría de los realities: “Si la gente que se pone en escena parece real y las situaciones también, es natural que el espectador se interese por lo que sucede y se identifique con los personajes”. Nada podría estar más alejado de la verdad o, en todo caso, de la verdad emocional que emana toda gran obra cinematográfica y, en general, toda obra de arte.

Existe una gran diferencia entre el cine –sea documental o ficción– y las imágenes documentales que, en la era digital, cualquier persona puede capturar, editar y publicar en internet. Es lamentable que esta película no haya sabido hacerla y confíe ciegamente en la incapacidad que tiene el público contemporáneo para preguntarse qué es una imagen, quién la crea y para qué sirve.

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