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'The Knick' o la televisión de lo monstruoso

En hospitales como The Knick los experimentos se hicieron con el cuerpo y el alma de los neoyorquinos. En la serie que lleva su nombre vemos cómo el Dr. Thackeray –drogadicto, apasionado e innovador– y su equipo de cirujanos, en el quirófano en forma de anfiteatro, convierte cada operación en una performance casi circense.

2016/02/28

Por Jorge Carrión

Firmada por Steven Soderbergh, The Knick es una de las series más formalistas y bellas que se han rodado. Cada plano interior es una composición perfecta de luces y sombras y cada plano exterior recrea milimétricamente una ciudad entre dos épocas, el siglo XIX de Deadwood y el XX de Boardwalk Empire. Para sugerir ese cabalgar entre dos aguas, la banda sonora –obra de su cómplice habitual, Cliff Martínez, exbaterista de Red Hot Chili Peppers y responsable de la música de Traffic o Solaris –juega con el anacronismo, generando una atmósfera sonora tan inquietante como la de Hannibal, otra de las muchas series recientes que han abordado la monstruosidad.

En el Nueva York de 1900 abundaban los freak shows. Según la tesis de Rem Koolhaas, formulada en su iluminador ensayo Delirio de Nueva York, los parques de atracciones, los hoteles y las ferias de Coney Island fueron el laboratorio arquitectónico de Manhattan. Si en Dreamland o en Luna Park se experimentó con la topografía física de la ciudad, en hospitales como The Knick los experimentos se hicieron con el cuerpo y el alma de los neoyorquinos. En la serie que lleva su nombre vemos cómo el Dr. Thackeray –drogadicto, apasionado e innovador– y su equipo de cirujanos, en el quirófano en forma de anfiteatro, convierte cada operación en una performance casi circense. Más difícil todavía. Dos avances y un retroceso. Quién da más. El éxito y el fracaso se suceden como el coito y el vómito en una orgía. La serie de Soderbergh, es por tanto un ensayo sobre cómo la metrópolis moldea a sus habitantes. Cómo en los sanatorios, en los quirófanos, en los hospitales psiquiátricos se fue moldeando –enfermar y sanar, vigilar y castigar– la moral colectiva de la capital del siglo xx.

Durante 15 años las series dramáticas norteamericanas han tenido un mismo patrón de protagonista: el hombre blanco de mediana edad, en crisis, atormentado y a su manera genial. Tony Soprano, Jack Shephard, Gregory House, Jimmy McNulty, Don Draper o Walter White serían los nombres más conocidos. Las nuevas series con la ciencia y la tecnología en el centro de sus argumentos, como Halt and Catch Fire, Manhattan o The Knick insisten en esa representación anacrónica del genio romántico, mientras que las que enfocan otros mundos, como el de la música (Empire) o la danza (Flesh and Bone), optan por otras razas y géneros, al tiempo que la política empieza a conjugarse también en femenino (Scandal, Madam Secretary). Pero es Penny Dreadful la telenovela que mejor discute y complementa a The Knick. Contra el hiperrealismo de esta, una fantasía folletinesca de terror. Contra el hombre genial que acaba igual que empieza, una mujer llena de matices que no cesa de cambiar. Y en el fondo, los mismos monstruos. Porque la monstruosidad es el gran tema de las series del siglo XXI. En las realistas es interior, moral, violenta; en las fantásticas, exterior, igualmente moral y violenta. Unidas casi todas por la misma oscuridad.

De cómo la oscuridad corroe hasta dejar sin oxígeno a los seres humanos habla The Knick en el contexto médico. Incluso en ese ambiente de ciencia y progreso la enfermera Lucy Elkins, que aprende cómo manipular a los hombres gracias a la cocaína y se deshace sin remordimiento del lastre religioso de su padre, o el Dr. Gallinger, que ve cómo la psiquiatría acaba de destrozar a su esposa y es seducido por la eugenesia hasta convertirse en su practicante y apóstol, se hunden en el cieno. Que el Dr. Edwards, el afroamericano que ha podido formarse gracias a la generosidad de la familia dueña del hospital, acabe perdiendo la vista y se insinúe que se dedicará en el futuro a la terapia psicoanalítica solo puede ser leído como una ironía final. La misma máquina que produce los traumas también diseña el consumo de su imposible solución.

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