Imagen de una de las escenas de 'The Pelayos'.

The Pelayos: una apuesta arriesgada

Juan Carlos González reseña para Arcadia 'The Pelayos', la última película de Eduard Cortés.

2012/10/30

Por Juan Carlos González A.

El cine español está cambiando obligadamente de piel. La necesidad urgente de conquistar mercados internacionales le está haciendo perder su identidad, buscando deshacerse de un color local que los productores supongo que verán incómodo. Además no me es difícil suponer que el propio público español quiere ver algo diferente al cine costumbrista o con intereses artísticos que proponen los directores más tradicionales, y que las fórmulas conocidas y predecibles del cine norteamericano tienen buena acogida en la taquilla ibérica, de ahí que haya que imitarlas como sea.

El cine de terror fue el que dio los primeros pasos en esa dirección tan cosmopolita como aséptica –Amenábar, Bayona, Balagueró– y ahora hasta se atreve a asomarse a géneros tan exigentes como la ciencia ficción (Eva, de Kike Maíllo). Además, los directores españoles quieren demostrar que dar el salto a Hollywood no es nada difícil para ellos, pues ya están haciendo cine con los habituales parámetros californianos. En ese sendero resbaloso se mueve The Pelayos (2012), del catalán Eduard Cortés, incursión llena de flashes y destellos glamourosos en el mundo de las caper movies, esas amadas películas que involucran un plan criminal –por lo general mal construido y condenado al fracaso– para cometer un gran robo y que incluyen obras maestras como Rififi (1955) o The Killing (1956).

Inspirado en la historia de la familia García-Pelayo que en los años noventa del siglo XX desarrolló un método estadístico para predecir los números ganadores de la ruleta en los casinos, obteniendo por ello enorme popularidad y más de doscientos cincuenta millones de pesetas de ganancias dentro y fuera de España, la película se aleja de la jugosa anécdota real y se aproxima con peligro y nada de pudor a La gran estafa (Ocean’s Eleven, 2001) de Soderbergh, con jugueteos formales con el cine hiperkinético de Guy Ritchie. Lo único que este filme tan complaciente busca con eso es hacer que el público se sienta cómodo ante una historia cuya gramática y resultados ha digerido previamente y conoce de sobra, y no frente a una inesperada película biográfica o de corte documental que pudiera sorprenderlo o aburrirlo. Olvidaron que subestimar al espectador nunca es buena idea.

Los Pelayo reales poco tienen que ver con The Pelayos (el artículo The en inglés lo dice todo) y su pretenciosa estética de videoclip, sus personajes estereotipados, sus caricaturas gruesas, sus lugares comunes (¿cuántas veces hemos visto ese plano en picado de un hombre que celebra con los brazos abiertos mientras la lluvia lo moja), sus situaciones supuestamente cómicas, su música buena onda y cool, su iluminación chic, sus incongruencias dramáticas al borde del absurdo.

Pura parafernalia y trucos huecos, mostrados y contados cientos de veces antes por manos más hábiles que las de Cortés (que conste que es el mismo director promisorio de La vida de nadie, 2002), que al empacar este relato al vacío le ha quitado –literalmente– todo el aire, todo hálito de vida, desperdiciando así a unos actores tan capaces como Lluís Homar o Eduard Fernández, que nada pueden hacer para salvar un guión que dejó por fuera toda coherencia interna, para de ese modo extasiarse en todo lo que brillara y resonara en el exterior, desde las luces de neón de los casinos hasta el cuerpo suntuoso de Blanca Suárez, pasando por las gafas oscuras de Daniel Brühl y su moto Harley-Davidson. Una apuesta arriesgada que esta vez no dejó ningún ganador. Todos perdimos.

 

 

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