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'Tío Vaina' de Francisco Barrios

Portada y datos de 'Tio vaina' de Francisco Barrios

Crítica libros

Cuentos premiados

Por: Alberto de Brigard

Publicado el: 2012-10-30

¿Cuál es la imagen más apropiada para comparar (y valorar) un libro de cuentos? ¿La de la cadena que se rompe por su eslabón más débil? ¿La de un escaparate donde se ofrecen varios elementos para que seleccionemos los más atractivos y olvidemos los demás? ¿Un muestrario que ilustra el rango de las capacidades de su autor? ¿Una constelación de estrellas que brillan con diferentes intensidades pero que sugieren algo que va más allá de sus características individuales

Esas consideraciones debieron estar en la mente del jurado que le dio a Tío Vaina, un volumen de relatos de Francisco Barrios, el Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá 2011. Parecería que una idea como la que propone la imagen de la constelación estaba detrás de su decisión, porque la contraportada del libro cita una declaración que afirma: “...Tío Vaina se destaca por su coherencia y armonía. Cada uno de los relatos aporta a la unidad del conjunto...”.

Sin ningún ánimo de cuestionar la actuación de los jueces al otorgar este premio, cuyos competidores no conocemos y claramente quedó en manos de un escritor de buen nivel, debo decir que la lectura de Tío Vaina me produjo la impresión exactamente opuesta: la de una colección de narraciones aisladas, en las que el conjunto no es superior a la suma de las partes y, sobre todo, que no da muchas pistas para descubrir las particularidades de la voz, los intereses o las fortalezas de su autor. Salvo características superficiales, como que se trata de historias contemporáneas, en su mayoría ambientadas en Bogotá, lo que sobresale en este libro es la diversidad de influencias y de objetivos (el humor, la sorpresa, la crítica social) de los nueve cuentos que lo integran, aunque su estilo narrativo no es tan variado como sería deseable.

Varios de los relatos de Barrios reprochan la hipocresía de una sociedad como la colombiana: “Tío Vaina” y “Kensington Road 101” la enfocan desde el punto de vista del arribismo, mientras que “Los días de Rosa” y –en alguna medida– “Las flacas”, se refieren a lo que se considera aceptable o debe esconderse en cuanto a la vida sexual de los protagonistas. Otros cuentos muestran esfuerzos más o menos exitosos por lograr el trillado knockout que hizo famoso Cortázar (“La solterona”, “Los ojos”, “Holler” y “Las flacas”); en ellos Barrios demuestra que la falta de atención a los detalles que hoy padecemos todos –tanto como lectores como en la “vida real”– lo mismo que el uso inconsciente y repetitivo de expresiones comunes del lenguaje, nos hacen propensos a llegar a conclusiones apresuradas, que estos cuentos se encargan de demoler. Hay que decir, sin embargo, que en alguno de los ejemplos mencionados la sorpresa se debilita porque el lector puede alegar faltas en la limpieza de juego del autor.

En muchos grandes cuentos (quizá en la mayoría de los muy buenos) la historia más importante no es la que se relata directamente, sino todas las demás que asoman por los resquicios de lo que se narra; sin embargo, el cuentista enfrenta el riesgo de que lo no dicho incluya elementos imprescindibles para redondear lo que pretende sugerir. Esa es quizá la trampa en la que más frecuentemente cae Barrios, de manera que la ambigüedad de los finales de varias de sus historias deja la sensación de que abordó temas con más implicaciones de las que consiguen acomodar o que los trató con excesiva superficialidad.

Quizá el punto más alto del libro es “Leis”, que habla de cómo el amor nos transforma, o quizá de cómo nos transformamos para el amor; en caso de tener que hacer una predicción sobre la supervivencia de alguna de las narraciones o de este libro, mi apuesta estaría aquí. Sobre lo que sí no cabe duda es que Barrios se ha ganado un puesto entre los escritores interesantes de su generación, a la espera de que sus habilidades para escribir con amenidad y con sensibilidad para ofrecer diálogos vivaces y verídicos se unan a temas más fecundos o emocionalmente más ricos.